Observador Urbano

Tobías: memoria hecha empanada

AVISO IMPORTANTE: este artículo no es apto para millennials. Recién quien ya vaya promediando los treinta y pico y arrimándose a los cuarenta y sepa que comer es un plexo de experiencias en donde la memoria y la nostalgia juegan un rol fundamental, podrá entender y compartir estos sentimientos aquí desgranados.

Hubo un tiempo en que la Plaza 9 de Julio tuvo un punto de referencia ineludible. Un faro en la Recova de la Caseros. Mejor dicho, un Farito.

Muchos podrán, sin duda, referirse más y mejor sobre este lugar, convocante sustancial de esa bohemia que desde siempre aletea insuflando el espíritu de la salteñidad. Hoy, es sólo un dulce recuerdo y en algún momento también será objeto del estudio de esas historias mínimas que conforman nuestra historia y que cruzan la poesía, la música, la cultura en general.

Hoy, sólo nos queda recordar el local abigarrado, lleno de fotos y recuerdos. Y las empanadas. Memoria gustativa condenada, por repetición y abuso, a perdurar casi hasta constituirse en metro patrón para cotejar cualquier otra empanada.

Baste aquí con reseñar que, en algún momento, surgió a su lado y fue ganando su propio lugar Tobías. Compartiendo vereda y espacio bajo las arcadas de la Recova, más sinergia que competencia, El Farito y Tobías constituyeron con el correr de los años un polo único, lugar de paso y, a una misma vez, de encuentro. Base obligada de lugareños donde tímida y gradualmente fueron arrimándose turistas, tanto extranjeros como nacionales, coexistiendo armónicamente. Inclusive los porteños.

Pasar por la Recova, todos los días y a la misma hora, era ver los mismos grupos, las mismas caras que hablan de amistades eternas, sonrisas cómplices, chanzas que se sucedían a cada momento, apodos, anécdotas y cuentos inverosímiles. Era ver al Cuchi, acompañando sus vinos con alguna que otra empanada entre amigos.

Para quien esto escribe, Tobías y El Farito eran, indistintamente, parada obligada al mediodía, terminada la recorrida de Tribunales o los trámites en el Centro. Tentempié y aperitivo antes del almuerzo, las cuatro empanadas con el cuartito de vino, eran la “infidelidad gastronómica” cometida antes de llegar a disfrutar la comida de casa. Y era casi inútil intentar comparar unas y otras empanadas: si hoy nos parecía que las de aquí habían salido mejor que las de allá, a la semana siguiente nos encontrábamos cambiando de opinión.

Cuestiones sucesorias, dicen, fueron las que condenaron a Tobías y El Farito. Falta de acuerdo entre herederos para continuar alquilando los locales, o apostar a otro tipo de inversión, como parece haber ocurrido finalmente. Para El Farito, con muchos años más a cuestas, el telón bajó definitivamente. Tobías comenzó un éxodo signado por la y transitoriedad y la pérdida de clientes, salvo aquellos que pudimos seguirle el rastro en esos meses de asentamientos precarios.

Pero perduró, obstinado, resiliente, hasta hacerse de un lugar, en la Galería El Palacio, allí donde se cruzan en ángulo los accesos de Calle Mitre y de Calle Caseros.

Y allí sigue al timón, el mismo Daniel de siempre. El que desde hace décadas tomaba los pedidos bajo la Recova, repartiendo entre las mesas copas, platos, vinos y empanadas, mientras ahuyentaba a las palomas que, ante un descuido del cliente, picoteaban algún repulgue. El mismo Daniel, en las buenas, y en las malas, enfrentando los vaivenes en tiempos de mares embravecidos, para llegar a este nuevo puerto.  El mismo Daniel que saluda y nomás con un gesto pregunta si serán las mismas 4 de siempre con el cuartito de tinto.

No hace falta que lo diga: las empanadas siguen siendo las de siempre.

Por Enzo Lo Pranzo

Imagen en nota: tripadvisor.com