Observador Urbano

Tiempos difíciles

Estas reflexiones tienen lugar luego de un fin de semana marcado por el encuentro llevado a cabo en el Vaticano contra los abusos en el seno de la Iglesia Católica. El párroco de una Iglesia de esta ciudad tuvo en su homilía del domingo, el valor de sacar el tema y llamar las cosas por su nombre. Algo que desearíamos haya ocurrido en otras tantas homilías, a lo largo y ancho del planeta.

Habló sin reparos ni eufemismos de estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Y creo que este es el punto capital del problema, del que debemos tomar conciencia: toda falta, por más leve que sea, cometida por un miembro de la Iglesia repercute sobre todo el cuerpo que constituimos los bautizados, laicos, religiosos o sacerdotes. No es sólo un tema institucional o de resolución burocrática.

Y más allá del fundamento teológico, de cómo el pecado de un miembro repercute en la salvación de todos los bautizados, hay en esta afirmación, un correlato fáctico que no debemos perder de vista: frente a la falta o al delito que comete un sacerdote, no es sólo un Obispo o un Papa el interpelado. Todos los bautizados, curas o laicos, terminamos poniendo la cara frente a un mundo que no es justamente contemplativo ni misericordioso con la Iglesia católica. Lo hacemos en nuestros ambientes de trabajo, estudio y en todos los círculos en que nos desenvolvemos y la mayoría de las veces sin los recursos y sin el argumento de autoridad con el que la jerarquía eclesiástica puede contar. Y así debemos dar respuestas a un mundo que nos interpela, respuestas que a veces, ni siquiera podemos darnos a nosotros mismos.

Son entonces también, tiempos difíciles para los laicos, en la medida que son más conscientes de su pertenencia a la Iglesia, pertenencia que impone responsabilidades, obligaciones y derechos, como es el de reclamar y recibir respuestas apropiadas de sus pastores, a los que muchas veces se los ve sin capacidad de reacción adecuada frente a los avatares del mundo.

Ya eran tiempos difíciles por estas tierras cuando desde hace tiempo venimos observando la manipulación de noticias que involucran a un pontífice con una agenda política nacional, sea o no esto cierto. Tiempos difíciles con la percepción de una relación compleja, plagada de rumores e intencionalidades que desembocan en la arena política, cruzada además por algunos personajes que invocan cercanías con la Sede Vaticana, para apuntalar sus fines electorales o desestabilizadores. Tiempos en los que algunos Sacerdotes y Obispos se prestan, con mayor o menor conciencia y voluntad a los manejos políticos, entremezclando demostraciones de poder con actos litúrgicos, o siendo impotentes a la hora de desautorizar a aquellos pretendidos personeros que fungen como emisarios y correveidiles Vaticanos.

Son tiempos difíciles ahora, cuando aquello que diez años atrás parecían hechos excepcionales y aislados, muchas veces magnificados por una prensa hostil, hoy son casos que estallan a nuestro alrededor, en nuestras propias ciudades y Diócesis, en un número que jamás nos hubiéramos imaginado.

Tiempos difíciles, en fin, frente a una realidad a nivel global muy dolorosa como a estas alturas innegable: la comisión de abusos de poder, morales o físicos por parte de sacerdotes, con una evidente falta de respuesta -por ignorancia, inoperancia, negligencia y hasta por encubrimiento- por una parte de la Jerarquía Eclesiástica.

Y es necesario aclarar algo: los abusos físicos son una especie, acaso la más aberrante, de un fenómeno muchísimo más extendido en la Iglesia: el abuso de poder. Sin éste, el abuso físico sería prácticamente inviable. Pero el abuso de poder, es preexistente y abarca numerosas formas de maltratos y arbitrariedades. Lamentablemente, también aquí, el recurso al que se ha echado mano frecuentemente, es el de trasladar al responsable a otro lugar, tal vez más alejado, pero sin medir el riesgo de que sea otra comunidad la potencial víctima de tales actitudes y conductas.

Son tiempos en los que, como afirma Mons. Coleridge, Arzobispo de Brisbane y presidente de la Conferencia Episcopal Australiana, la credibilidad de los obispos está destruída. Terrible y desoladora constatación, pues precisamos de Pastores que desde su ministerio nos acompañen y marquen el rumbo en este camino que emprendemos juntos como Iglesia.

Imagen: freeimages.com

Frente a ello, no tenemos la opción de quedarnos en silencio: debemos hacer oír nuestra voz, y reclamar nuestra participación, desde nuestra vocación laical, en el saneamiento de nuestra Iglesia. Con humildad, con caridad, pero con firmeza. Y las autoridades eclesiásticas y sacerdotes tienen que saber que pueden y deben contar con ese laicado, sin menospreciarlo, sin considerarlo una realidad antagónica, entendiendo de una vez por todas que desde este otro estado vocacional, compartimos dignidad y madurez suficiente para colaborar los unos al lado de los otros, que no es válido despreciar ningún tipo de ayuda y consejo. Metidos en el pantano de uno de los momentos más oscuros de la historia de la Iglesia, no podemos darnos el lujo de no extender la mano en señal de ayuda, y mucho menos aún, de rechazarla.

Ahí están las distintas asociaciones de fieles y movimientos que cada Diócesis posee. Ahí están las comunidades de fieles de las parroquias, los catequistas, los ministros, los encargados de grupos de jóvenes, misioneros y de oración. Confíen los Obispos y Sacerdotes en ellos, que a su vez deberán hacer todo el esfuerzo por estar a la altura de las circunstancias y ser merecedores de esa confianza. No asuma el Clero que podremos salir adelante sin el concurso de los laicos y no crea ese laicado que puede descansar dejando el problema sólo en manos de la Jerarquía Eclesiástica. Reclamemos los laicos nuestro espacio de colaboración y diálogo, sin miedo, ni unos ni otros, al debate franco y constructivo. Sin miedos ni reticencias. En esta barca estamos todos, y de todos depende salir de esta zozobra.

Por Gustavo Caviglia

P.D.: El autor es laico y en tal carácter, ha participado de distintas instancias de Asociaciones de fieles y movimientos, a nivel diocesano y nacional.

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