Observador Urbano

Obispos argentinos en el Vaticano, más allá de las interpretaciones políticas

Estas visitas Ad Limina Apostolorum -literalmente, “a los umbrales de los Apóstoles”, por consistir principalmente en la veneración ante las tumbas de Pedro y Pablo- se realizan cada cinco años e incluyen un pormenorizado informe que presentan los Obispos al Papa, acerca del estado de sus Diócesis.

No son una novedad, ya que las mismas se han sucedido -en un principio para los obispos de la antigua Italia cercanos a Roma- desde casi los comienzos de la Iglesia, aunque no hubiera alguna norma que los obligare. La transición entre costumbre y obligación fue gradual. Empezó a sistematizarse en el Siglo XVI bajo el pontificado de Sixto V (Constitución «Romanus Pontifex”) y desde hace 110 años y hasta la actualidad están regladas expresamente por un Decreto emitido por la Congregación Consistorial del 31.12.1909 bajo el pontificado de Pio X. Allí se dispone un cronograma de turnos para los obispos de los distintos países europeos y de los restantes continentes, incluyendo América.

El actual Código de Derecho Canónico recoge esta obligación y la incluye en los cánones 399 y 400, dejando allí también establecida y reglamentada la obligación de los Obispos.

Demás está decir que estos viajes para los obispos de los continentes lejanos a Roma constituían una circunstancia excepcional y en no pocos casos, la única oportunidad de conocer personalmente al Santo Padre y recibir de él sus palabras y su bendición. Lógicamente, estos viajes insumían muchos días, eran terriblemente agotadores y onerosos y en el caso de América suponía el atravesar el Atlántico en barco para cumplir con el encuentro. Claro que, para ese entonces, la aparición de los buques a vapor había reducido el tiempo del trayecto y un viaje desde Buenos Aires a Italia “apenas” podía insumir un par de semanas, contra los treinta y pico de días de navegación a vela. Los nuevos transatlánticos irían reduciendo aún más estos tiempos, constituyéndose en el único medio de transporte, hasta que en la segunda mitad del siglo pasado (el XX) irrumpe la aviación comercial.

El desarrollo de la aeronáutica y de las líneas aéreas ha reducido tiempo y costos. Pero aún hoy un viaje de Buenos Aires a Roma sigue siendo económicamente inviable para una inmensa mayoría. Basta ingresar hoy a las páginas de cualquier empresa que cubra ese trayecto (nuestra aerolínea de bandera, por ejemplo), para darse una idea de lo que cuesta un pasaje en clase turista para el tramo Buenos Aires – Roma – Buenos Aires.

Ahora, se nos plantea una cuestión que, tal vez, no apunta a los temas más discutidos mediáticamente. ¿Es a estas alturas necesario el desplazamiento masivo de pastores -salvando la cuestión de la visita a la tumba de los apóstoles- para un encuentro con el Papa que podría hoy resolverse por otros medios tecnológicos? Sin duda, muchos de los obispos deben tener cuestiones graves que discutir en forma estrictamente personal y reservada (temas debiera haber), pero probablemente otra gran parte se limitará a participar del encuentro general, algo que hoy podría resolverse concentrándose todos en cualquier punto del país y participando por medio de una videoconferencia. Maneras habrá de remitir los informes particulares de cada diócesis, los mismos medios de correo y transmisión reservados que hoy existen, por ejemplo para las comunicaciones consulares y diplomáticas.

A poco que se ahonde en la cuestión, la pregunta ya no parece tan absurda o banal: nadie pone en duda la crisis socioeconómica que vive nuestro país, y seguramente otro tanto podría decirse de tantas otras naciones, en América, Asia o África. Haciendo números, y partiendo de asumir una estricta austeridad -casi monacal- de parte de los prelados, sin gastos de alojamiento o comidas, los costos de un viaje así difícilmente bajen de los u$s 2.500 per cápita. Multipliquemos por 30 -la cantidad de obispos que participan en esta oportunidad- y el piso del costo trepa a u$s 75.000. A mano alzada, con un dólar a $ 45, esta cifra equivale a 3.375.000 pesos.

Sólo compárese esa suma con los 1.410.000 pesos que obtuvo la Diócesis de Orán (una de las cinco diócesis más necesitadas de las 25 que reciben ayuda en todo el país) por la Campaña Más por Menos del 2018. Sumando los $ 1.380.000 que recibió en la misma Campaña la Prelatura de Cafayate, superamos apenas el costo global de un traslado de tal envergadura.

Más de un espíritu acongojado se cuestionó hace unos días, sobre los costos de reconstrucción de Notre Dame, sin advertir que el ingreso de turistas a dicha Catedral le reditúa anualmente a los parisinos, cerca de la décima parte de aquella inversión. Es decir que, en una década, la erogación resultaría amortizada.

En tiempos en que la Iglesia -desde Roma incluso- hace tanto hincapié en la cuestión social, en la ayuda y atención preferencial a los más necesitados parece cada vez más necesario buscar formas que trasciendan lo meramente discursivo y gestual para pasar a lo operativo y eficaz. Cobra relevancia esta afirmación cuando se observa que, con el equivalente a los costos de semejante traslado, más de una veintena de familias podría percibir durante un año el equivalente a un salario mínimo.

Un pontificado que se ha planteado la enorme tarea de renovar ciertas estructuras caducas de la Iglesia requiere de la ayuda de todos, incluyendo a los laicos. Sirva nuestra inquietud de replantear estas visitas, como un humilde aporte.

Por Gustavo Caviglia