Observador Urbano

Miopía frente a una realidad

Hay algo cierto en todo lo que nos rodea, que la realidad es social y no individual. Todo lo que nos rodea es propio de lo que formamos socialmente. Pero, ¿qué tan consciente somos de ella? Creamos la realidad tal como somos y no la percibimos tal y como es en su totalidad. La realidad es la interpretación caprichosa de nuestro cerebro, un molde, una representación que abarca experiencias pasadas y expectativas futuras, que nublan nuestra percepción, ya limitada.

A pesar de lo que creemos, como personas, no tenemos la verdad absoluta de la realidad ¿Cómo saber específicamente si en lo que nos focalizamos es lo más adecuado para cierta situación? ¿Hay otros factores de los que no somos conscientes? Podríamos decir que como individuos generamos una distorsión, una parte singular con sello propio de la totalidad aquí presente.

Todo tipo de acciones, educación, grupos, profesión, políticas y otros factores moldean en cada uno una realidad y dentro de ella sus propias acepciones (que son la aceptación de una responsabilidad, obligaciones o preferencia, sin una razón que lo justifique) que se distinguen culturalmente con destellos propios de cada lugar.

La percepción de lo que nos rodea afecta físicamente en nuestro “contexto cultural”. La cultura en la que creemos se hace propia por tradición e historia y nos exponen innegablemente a la construcción de paradigmas.

Hoy más que nunca dicha cultura se mezcla radicalmente con la cultura global, permitiendo abrir las puertas a otras realidades generando un enfrentamiento entre lo que creemos correcto y lo que no, y mientras estemos pegados a nuestros paradigmas nos convertiremos en ciegos para valorar otras miradas del mundo, otras posibilidades.

Cuanto más estamos expuestos a algo o alguien, más frecuente es la asociación  que tenemos. Cualquier experiencia nueva tendrá simplemente a reforzar lo que ya sabemos, lo conocido, lo familiar. Por este motivo hemos evolucionado para disfrutar mucho de ello y de la seguridad que nos proporciona; pero por otro lado, también aparece el miedo a lo desconocido. Por todo eso resulta tan difícil desviarnos de la norma porque gran parte de nuestra biología nos dice que nos arraiguemos a lo que ya nos resulta conocido. Estamos acostumbrados a lo que nos rodea, al contexto, el mismo camino al trabajo, rutinas, arquitectura que a la hora de impulsarnos hacia un estilo aparece la incomodidad de no sentir pertenencia a lo nuevo. Sucede con nuestros comportamientos e ideas. ¿Por qué sería extraño que  lo mismo sucediera con aquella tradición a la hora de encarar una obra de arquitectura? Cuando lo que nos rodea no concuerda con nuestras creencias y puntos de vista, se genera un choque que desprende una necesidad de cambio en la estructura para que no haya conflicto. Por eso es tan difícil pensar diferente, ya que siempre nos arraigamos a lo familiar.

Todas nuestras percepciones dominantes influyen en el comportamiento y en las ideas que tenemos. Hay estructuras que  son como una red de significados que nos ayudan a comprender cuales son las cosas posibles que vemos. Nos provee de reglas que dan forma a nuestras interacciones con el mundo en general.

Una de las razones de que nuestras asunciones sean tan fuertes y pueden influirnos tanto se debe a nuestras emociones. Las reacciones emocionales a distintas circunstancias y escenarios son a veces disparadas muy rápido por percepciones o interpretaciones particulares que estamos experimentando. Empezamos a fantasear y a asignar significados o sentidos muy exagerados a nuestras experiencias. Nuestras historias pasadas van a alimentar las emociones del momento. Es decir, una respuesta emocional puede disparar una respuesta intelectual que lo que hace es perpetuar esas emociones en un abrir y cerrar de ojos. Un gesto sencillo puede ser interpretado como algo en contra nuestro.

Todos sabemos que la historia marcó grandes cambios en la humanidad. La arquitectura se fue adaptando a las necesidades partiendo de una funcionalidad pura, anónima y folclórica hasta meros caprichos de la tan revolucionaria ARQUITECTURA ORGANICA.

Los saltos tecnológicos avanzan con los años a pasos cada vez más veloces, logrando que por un lado encontremos mayores soluciones a problemáticas del pasado y por otro, produciendo comodidades para el hombre mismo. No es nada nuevo pensar que la tecnología que tanto nos facilita el día a día, más nos aleja del entorno social. Está comprobado científicamente que las personas por naturaleza son sociales. Entonces, ¿por qué cada vez nos aislamos más, si la naturaleza del hombre está en unirse? ¿Qué rol tiene la arquitectura en esto?

La arquitectura no se pudo adaptar tan rápido como la velocidad de la tecnología a este cambio (hablamos del hombre siendo más individual que social, pero con un individualismo en cuanto al contacto y no a la conexión). Se indaga mucho en formas nuevas de mostrarse al mundo pero que poco tienen que ver con lo importante: “en la evolución de la función”. Funciones que dejaron de ser importantes para la mayoría de los hogares, pero que se siguen produciendo, sólo porque así fueron enseñados. Hay una carencia absoluta de la vivienda inteligente ¿Cuales serían los siguientes pasos para que se produzca dicha evolución social?

La respuesta está en el análisis minucioso de algo clásico y es «hacia dónde vamos”, no hay que descartar el hecho ya nombrado, la tecnología.  Está en el alcance de los diseñadores implementar con inteligencia “espacios que unan”.

Se dice que el mundo más grande es la familia. Convivir con ella es un descubrir día a día. No la elegimos, por lo que uno debe adaptarse a las distintas personalidades. Poco se habla de cómo volver a compartir momentos, ya que cada miembro necesita de su “espacio” y conforme a ello, nos topamos con que cada vez necesitamos mayor cantidad de horas invertidas allí, alejándonos del vinculo y la relación directa. Anestesiados por los celulares, música con auriculares, redes sociales, programas, etc. ¿Qué nos produce esa miopía de la realidad social, que poco se ve?

Más tiempo para uno mismo es síntoma de que se empieza a ver más las propias necesidades ante la de los demás. Es decir, que empezamos a marcar profundamente el individualismo, dejando de lado a la sociedad en sí. ¿Ponemos nuestros valores y necesidades por encima de los demás? De a poco se produce un desequilibrio entre ambas.

Los errores se corrigen desde casa. La arquitectura que se plantea es una arquitectura inteligente y de estudio. Indagamos en la acción de unir lo que se está perdiendo, buscando espacios de pertenencia entre varios individuos de la sociedad. No solo para empezar a buscar una armonía, sino para instaurar todo aquello que nos compete: la sociabilidad, la tecnología y los espacios inteligentes en el hogar.

Estar a la orden del día no implica tener los materiales más caros o los volúmenes más imponentes en la vivienda. Implica imponer funciones a las necesidades que se demandan. Claro, sin olvidarnos, que la clave está en satisfacer necesidades rompiendo estereotipos que nos llevan por un camino que no nos beneficiará.

Instalar un paradigma. Que la sociedad se niegue a salir de lo cotidiano es mera imposición. Cortar con la popular “prohibir es más fácil que educar”, para que se empiece también a aprender en sociedad lo que es más conveniente. Es lógico pensar que nuevas cosas imparten descontento. Pero también es parte de la vida aprender a vivir y convivir.

Como sociedad, ¿hacia dónde vamos? ¿Cómo la arquitectura que nos rodea evoluciona con el pasar del tiempo? ¿Nuestras improntas culturales hacen que el cambio sea más gradual?

Por Juan Marcuzzi

Consultora Punto Steel

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