Observador Urbano

Más de dos generaciones, el tiempo que transcurrió desde los Baby Boomers, hasta la Generación Z, pasando por la X y por la Y. Otro mundo, con un punto de inflexión, que puede simbolizarse en una huella sobre el polvo del suelo lunar. Un proceso del que nuestros padres y quienes nacimos en los ’60 fuimos testigos y vimos gestarse, a veces sin comprenderlo en su enorme dimensión, y un cambio del que los Millenials y Centennials fueron protagonistas, aunque probablemente sin advertir la enorme épica detrás de ese “pequeño paso para un hombre” dado hace 50 años, un 20 de julio de 1969.

Cinco décadas atrás, el mundo se conmovía por la llegada de los primeros hombres a la luna. La inevitable comparación en aquellos años remitía a tres carabelas descubriendo el Nuevo Mundo en 1492. Tiempos en los que la corrección política y las ideologías no habían empañado aquella proeza de un navegante genovés y el descubrimiento de América era aún celebrado como una hazaña. Parangón que hoy se ha tornado inviable, y probablemente difícil de entender. Aunque para la humanidad, hubo un antes y un después a partir de ambos hitos: si en el Siglo XV, se comenzó conociendo y abarcando un planeta más grande como punto de partida y motor de revoluciones culturales, técnicas, sociales, científicas y políticas, otro tanto pasó en 1969 con otra hazaña de la humanidad, con un final aún más abierto que la primera y que nos trajo la conciencia de habitar un mundo global, interrelacionado.

Situémonos en los 60’s: La primera mitad del siglo XX nos mostraba un mundo compartimentado en estados, cuyo eje político y cultural pasaba por Europa y una América en la que despuntaban dos polos de progreso: uno al norte y otro al sur. Regiones extensas del mundo eran aún objeto de exploración. Los progresos científicos y tecnológicos se traducían para la gente en elementos que gradualmente iban cambiando las costumbres y la fisonomía en la sociedad: desde el automóvil, pasando por el cine y la radio. La Segunda Guerra Mundial, iría alterando el escenario. La última mitad del Siglo XX nos sitúa en un mundo cada vez más vinculado e interdependiente, en el que los hechos que ocurren en un punto del planeta repercuten en el resto: La guerra, su conclusión con Hiroshima y Nagasaki, la ocupación soviética y los acuerdos de Yalta, rediseñaron el planeta, alineado en dos bloques y nos mostraría la vulnerabilidad a la que se exponía la humanidad ante un conflicto nuclear. Empezábamos a advertir que, aún siendo ajenos a la toma de decisiones de las potencias, no lo éramos tanto en relación a sus consecuencias. Corea, Vietnam, Medio Oriente y Cuba nos lo recordaban en los diarios y noticieros.

Más allá de eso, la vida cotidiana del habitante común en una ciudad promedio no experimentaba mayores cambios en relación a la vida de sus padres y abuelos, con excepción de los artículos de confort que iban apareciendo. Todo transcurría en el pequeño universo de un barrio, una ciudad o un pueblo, en una escala humana accesible: allí se vivía, se trabajaba, se formaba una familia y se relacionaban unos con otros.

Sin embargo, casi sin darnos cuenta, la cultura se iba modificando: a la tensión este-oeste y al temor nuclear se le acoplaba la radio y fundamentalmente el cine como cajas de resonancia masivas y dos elementos empezaban a aparecer en escena como válvula de escape, bajo la popular forma de la ciencia-ficción: el futuro y el espacio. Si al primero se lo representaba promisoriamente como un tiempo más feliz gracias al progreso (un equivalente a la visión bucólica de la literatura antigua), el segundo reemplazaba el desafío y la aventura de los antiguos continentes inexplorados. A los arquetipos del guerrero, del explorador, del aventurero y del más reciente cow-boy, de la mano del cine y de los cómics, se le añadiría uno más: el explorador espacial, el astronauta.

(Reflexión personal: Ser chico en 1969 era sencillo. Era todavía compartir calles y plazas como espacios para los juegos. Era usar pantalón corto, por lo menos hasta cuarto grado. Eran las revistas Anteojito y Billiken. Era, con algo de suerte y si los padres podían darse ese lujo, tener un televisor en el living (un artefacto de 20 kg, que se vendía como “portátil” por tener una manija y antenas retráctiles) en donde -en horarios muy acotados y bajo estricto control maternal- se podían ver los dibujos animados, series y películas.: Superman (interpretado por un rellenito George Reeves), Rin Tin Tin, Los Tres Chiflados, Abbott & Costello, Mi Marciano Favorito. Eran tiempos en los que nos podíamos sustraer de las conversaciones y preocupaciones de los mayores y dejar volar la fantasía: desde la televisión, venían en nuestra ayuda Viaje al Fondo del Mar, El Túnel del Tiempo o Perdidos en el Espacio, así como otra serie que marcaría historia como pocas: Viaje a las Estrellas: el futuro y la aventura espacial se daban la mano y entraban en nuestras vidas. 

Ser chico era querer ser un héroe en nuestros juegos, y un día nos descubríamos queriendo ser astronauta. Con un poco de suerte, conseguíamos que el almacenero nos regalara una lata grande de galletas, esas cúbicas con una tapa grande y una ventana circular de vidrio en una de sus caras: la escafandra perfecta, para comenzar nuestra aventura espacial.)

La llegada del hombre a la luna nos marcó profundamente a todos, incluso a los que éramos chicos entonces. El recuerdo de ver ese alunizaje por televisión, de mirar día a día en el diario la posición de la cápsula y el módulo lunar en esa trayectoria que orbitaba alrededor de nuestro planeta y su satélite, formando un “ocho”, la imagen de nuestra tierra vista desde el espacio, mostrándonos nuestra pequeñez y fragilidad.

El mundo no fue el mismo desde entonces. Inconscientemente, tal vez, empezamos a mirarnos como parte de esa esfera azul, que en las fotos asomaba por sobre el horizonte lunar, pasajeros de un planeta que se desplazaba en un sincronizado derrotero por el universo. Éramos esa humanidad, a la que se refirió el Comandante Neil Armstrong en aquella frase que quedó inmortalizada. Crecimos sabiéndonos parte de esa humanidad, frágil y grandiosa a un mismo tiempo. Certeza que la vida guardó, latente, en nuestra conciencia.

Pero la carrera espacial dejó además otros legados: el desafío de conquistar el espacio movilizó, al igual que 500 años antes, la ciencia y la tecnología que mejoraron nuestra calidad de vida en aplicaciones domésticas y cotidianas, en la medicina, la alimentación, en la ingeniería, en los procesos de control industrial, en la electrónica y, fundamentalmente en la informática. De forma conjunta y sinérgica, la evolución de los circuitos integrados y de proceso, almacenamiento y transmisión de datos, la aparición de la red Arpanet como precursora de internet, se desarrollaron hasta llegar a los frutos del presente, gracias a lo cual hemos escrito y subido estos artículos, que los lectores están leyendo a través de este medio digital. 

A partir de entonces, el mundo se hizo aún más pequeño que como lo veían los astronautas desde la luna: las distancias y los tiempos se acortaban, nos comunicamos más y mejor, nos interconectamos e interrelacionamos. Democratizamos la información, dando origen a cambios sociales, económicos, políticos y culturales que aún no podemos dimensionar, pero que sabemos son enormes. El mundo ya no es el mismo: somos, como bien lo definiera el filósofo canadiense Marshall McLuhan, una Aldea Global.

La epopeya espacial tuvo una impasse: el año 1972 fue la última misión tripulada a la luna. Seguirían otros objetivos: estaciones espaciales con experimentación de materiales y estudio de la permanencia en el espacio por tiempos prolongados, sistemas de lanzamiento y recuperación de nuevos vehículos tripulados. Hubo avances, tragedias, fracasos. Hubo desinterés y reacciones adversas ante el alto costo de muchos proyectos. Cinco décadas después, parece volverse a mirar el espacio como un desafío pendiente, y surgen nuevos proyectos de vuelos tripulados, incluyendo el objetivo a mediano plazo, de pisar Marte. La conquista del espacio llegó para quedarse y continuar cambiando nuestras vidas. 

Por Gustavo Caviglia

Imágenes: www.nasa.gov