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El Degustador Urbano

Maciss: buen ambiente y mejor cerveza. Para agendar.

Hace unos años, estimado lector, no había muchas opciones a la hora de buscar un ámbito propicio para disfrutar de una buena cerveza. No existían en esta ciudad bares que tuvieran un “ambiente” distendido similar a los “pubs” de Recoleta y Retiro en la Capital Federal, y ni hablar de los de allende el Atlántico o al norte de nuestro americano continente. Tal vez, una excepción pudo haber sido Gobblins, sobre la Caseros, más de una década y media atrás. Luego, sólo los bares tradicionales sobre la plaza y algunos reductos más periféricos.

Dos fenómenos se produjeron desde aquel entonces: el surgimiento de la cerveza artesanal en nuestro Valle de Lerma, que viene creciendo a ritmo sostenido (algún día hablaremos de ellas) con algunas etiquetas más que interesantes, y que aún está, pese a todo en los comienzos de una industria prometedora. Y el surgimiento de espacios en varias zonas de la ciudad, en los que se fueron concentrando algunos emprendimientos en el rubro cervecero y gastronómico en general, con apuestas importantes de quienes se pusieron al hombro estas iniciativas, con todos los desafíos financieros, burocráticos e impositivos que esto implica en nuestra bendita tierra.

Hoy nos vamos a referir a uno de estos pioneros, al que vimos nacer, crecer, afincarse y que sigue desarrollándose.

Maciss, en la esquina de Alvarado y Lavalle -allí donde poco antes Bier hizo punta con su cerveza artesanal- comenzó como un almacén gourmet y paulatinamente fue derivando de la mano de Juan Albarracín, su dueño, hasta constituirse como una excelente propuesta cervecera y gastronómica.

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Un buen clima tanto en su salón como en su patio -desahogo ideal para las noches calurosas-, se complementa con una carta acotada pero muy interesante (pizzas & burgers incuidas), una esmerada cocina y una muy variada oferta de cervezas artesanales tiradas, todas ellas muy recomendables y de calidad, además de las envasadas, locales e importadas.

Todo esto, sumado a un buen servicio, la atención amable -algo no muy frecuente en la gastronomía local- y a precios razonables, hacen de Maciss una muy buena opción para reunirse con amigos a pasar un buen rato y que no hay que dejar de conocer.

Por Enzo Lo Pranzo, para El Degsutador Urbano

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El Degustador Urbano

Pasta Angélica

El tiempo de vacaciones nos da esa posibilidad de explorar sitios en familia. Aún, cuando esto se haga casi involuntariamente.

Fuimos en busca de un conocido restaurant de pescado en el Dique Campo Alegre, para encontrarnos con la novedad de que se halla temporariamente cerrado (así me dijeron al llamar a un teléfono, frente a la tranquera cerrada). Demasiado tarde para intentar llegar a La Ciénaga, decidimos recalar en La Caldera. Google Maps mediante, llegamos hasta detrás del Cristo Penitente para descubrir Los Ángeles.

Serendipia se denomina a un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta. Los Ángeles terminó resultando, ese día, nuestra serendipia.

Visto desde afuera, ubicado por detrás del estacionamiento ubicado a espaldas del Cristo (dicho sea de paso, todo el conjunto escultórico en pésimo estado; teléfono, Sr. Intendente …), probablemente uno sólo le prestaría atención siendo un turista en busca de algo fresco que tomar o algo rápido que comer al paso. Nada de lo que se ve invita a ir más allá de esa visita contingente. El hambre y la certeza de que no hallaríamos ninguna otra cocina abierta en los alrededores nos animó a dar ese paso más y descubrir una mano maestra en pastas caseras.

Sentados afuera (poco espacio y mucho calor para estar adentro), en unos de esos conjuntos de sillas y mesas plegables esponsoreadas por una cerveza local, fuimos muy amablemente atendidos y escuchamos con atención -y memorizamos con alguna dificultad- una carta recitada verbalmente (recomiendo enfáticamente un menú impreso) y a ciegas en materia de precios (así de desesperados de hambre estábamos). Pero el resultado de este acto de fe y memorización valió bien la pena:  los malfatti caseros y las pastas rellenas, las salsas con profusión de aromas, la presencia de hongos, jengibre y hierbas, convirtieron lo que pensábamos apenas como una comida ligera, en una verdadera experiencia gastronómica. Recomiendo a los gritos y a los cuatro vientos el helado casero.

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Lo que empañó este momento mágico es el haber tenido que acompañar la comida con el insulso maridaje de un agua mineral gasificada. El problema, una vez más no es del local (que, a decir verdad, tampoco cuenta con variedad de alternativas), sino la restricción que impone la “tolerancia cero”, sublime principio que deviene ineficaz en los hechos (algún día hablaremos de esto).

Precio razonable, y exquisita comida. Esperamos que el emprendimiento resulte y que su rentabilidad permita lo necesario para invertir en infraestructura y comodidades para los comensales (en un día fresco de verano las condiciones para comer afuera son ideales, pero con lluvia o en Julio, la cosa se debe poner brava). La propuesta que llevan adelante se lo merece, como merece también que se la dé a conocer.

Por Enzo Lo Pranzo, el Degustador Urbano

Imagen destacada: www.nuevodiariodesalta.com

Imagen en nota: www.infosalta24.com

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El Degustador Urbano

“El Coto” de los Nogales, un lugar fuera de lo común

La crónica nos lleva esta vez fuera de la Provincia, para recalar en Yala, Jujuy. La recomendación provino de unos pasajeros del Hotel Termas de Reyes. Partiendo de allí, luego de recorrer el circuito de las Lagunas, se llega por la Ruta Provincial 4, 2 km antes de su empalme con la Ruta Nacional 9, a este Criadero de Truchas y Restaurant. Por supuesto, también se puede hacer el viaje directo por Ruta 9, pasar San Salvador y a unos 20 km (a la altura de la salida de Yala), tomar la Ruta 4, al oeste, y recorrer 2 km. Hay que prestar atención al cartel que indica la entrada. Una vez traspasado el acceso, se ingresa a un lugar increíble.

Una buena comida supone mucho más que ingerir alimentos: es la conjunción de todos los sentidos y la percepción del contexto espacio-temporal, lo que nos brinda el disfrute de ese momento. Si ya salir en plan de paseo y sin presiones horarias predispone para un almuerzo, un lugar así nos da el marco necesario para una experiencia inolvidable. El escenario incluye un estanque, en cuyas orillas se encuentra el restaurant, con un ámbito cerrado, una terraza en la costa y un muelle sobre el agua, donde también se disponen mesas y desde el cual se pueden ver las truchas arcoíris nadando. Es éste, sin duda, el lugar ideal para sentarse a disfrutar una comida.

El primer comentario se refiere a ese entorno, perfectamente cuidado, con el césped prolijamente cortado alrededor de todo el margen de ese espejo de agua, un cuidado estético que habla de la filosofía que el propietario imprime a su emprendimiento, desde el cual cría y comercia su producción hacia afuera, mientras a su vez abastece esta peculiar propuesta gastronómica.

El menú, obviamente, tiene su fuerte en platos a base de trucha, generosamente servidos y que llegan a contener hasta 200 g de carne de pescado. Pero también hay otras opciones que incluyen pastas caseras, carne vacuna y de cerdo. Hay, sin duda, una mano maestra en esa cocina. Probamos una trucha en cazuela y unos tallarines con una salsa de hongos que estaban inmejorables. Como postre, un suspiro limeño. No se puede pedir más.

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Todo, bajo la amabilísima atención de Danny, el mozo que tuvimos la fortuna de conocer. Danny es venezolano. Su hablar lo delata, como cuando nos avisa que “en un momentico” llegarán nuestros pedidos. Llegó hace casi un año, junto con su hermano. Ambos trabajan aquí y con su trabajo ayudan a su familia, hasta que consigan traerla desde Venezuela. No es un dato menor: también esto habla muy bien de la filosofía que anima al propietario al contratar a estos colaboradores. En sectores como el gastronómico y el turístico, donde frecuentemente debemos resignarnos a la dejadez e indolencia de operadores y empresarios, es una bocanada de aire fresco ver la dedicación puesta en empresas como ésta y el empeño y esmero de personas como Danny. Ambos nos brindan ejemplos: En un caso, de que siempre se puede subir más la vara de la calidad de un proyecto o un servicio. Y en el caso de Danny y su hermano, que más allá del dolor del desarraigo y la lejanía de los suyos, siempre se puede comenzar de cero, proponerse una meta y luchar por conseguirla.

Carta de vinos acotada pero adecuada. Precios, acordes a la calidad brindada en la comida y el servicio (no es económico, pero su relación “calidad – precio”, es superior a lo que muchos restaurantes nos plantearían por un menú común y corriente). Hay que reservar.

En resumen: 100% recomendable. Vale la pena encararlo como un paseo e invertir en esa hora y media de viaje.

Por Enzo Lo Pranzo

Imagen en nota: www.airbnb.com

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Tobías: memoria hecha empanada

AVISO IMPORTANTE: este artículo no es apto para millennials. Recién quien ya vaya promediando los treinta y pico y arrimándose a los cuarenta y sepa que comer es un plexo de experiencias en donde la memoria y la nostalgia juegan un rol fundamental, podrá entender y compartir estos sentimientos aquí desgranados.

Hubo un tiempo en que la Plaza 9 de Julio tuvo un punto de referencia ineludible. Un faro en la Recova de la Caseros. Mejor dicho, un Farito.

Muchos podrán, sin duda, referirse más y mejor sobre este lugar, convocante sustancial de esa bohemia que desde siempre aletea insuflando el espíritu de la salteñidad. Hoy, es sólo un dulce recuerdo y en algún momento también será objeto del estudio de esas historias mínimas que conforman nuestra historia y que cruzan la poesía, la música, la cultura en general.

Hoy, sólo nos queda recordar el local abigarrado, lleno de fotos y recuerdos. Y las empanadas. Memoria gustativa condenada, por repetición y abuso, a perdurar casi hasta constituirse en metro patrón para cotejar cualquier otra empanada.

Baste aquí con reseñar que, en algún momento, surgió a su lado y fue ganando su propio lugar Tobías. Compartiendo vereda y espacio bajo las arcadas de la Recova, más sinergia que competencia, El Farito y Tobías constituyeron con el correr de los años un polo único, lugar de paso y, a una misma vez, de encuentro. Base obligada de lugareños donde tímida y gradualmente fueron arrimándose turistas, tanto extranjeros como nacionales, coexistiendo armónicamente. Inclusive los porteños.

Pasar por la Recova, todos los días y a la misma hora, era ver los mismos grupos, las mismas caras que hablan de amistades eternas, sonrisas cómplices, chanzas que se sucedían a cada momento, apodos, anécdotas y cuentos inverosímiles. Era ver al Cuchi, acompañando sus vinos con alguna que otra empanada entre amigos.

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Para quien esto escribe, Tobías y El Farito eran, indistintamente, parada obligada al mediodía, terminada la recorrida de Tribunales o los trámites en el Centro. Tentempié y aperitivo antes del almuerzo, las cuatro empanadas con el cuartito de vino, eran la “infidelidad gastronómica” cometida antes de llegar a disfrutar la comida de casa. Y era casi inútil intentar comparar unas y otras empanadas: si hoy nos parecía que las de aquí habían salido mejor que las de allá, a la semana siguiente nos encontrábamos cambiando de opinión.

Cuestiones sucesorias, dicen, fueron las que condenaron a Tobías y El Farito. Falta de acuerdo entre herederos para continuar alquilando los locales, o apostar a otro tipo de inversión, como parece haber ocurrido finalmente. Para El Farito, con muchos años más a cuestas, el telón bajó definitivamente. Tobías comenzó un éxodo signado por la y transitoriedad y la pérdida de clientes, salvo aquellos que pudimos seguirle el rastro en esos meses de asentamientos precarios.

Pero perduró, obstinado, resiliente, hasta hacerse de un lugar, en la Galería El Palacio, allí donde se cruzan en ángulo los accesos de Calle Mitre y de Calle Caseros.

Y allí sigue al timón, el mismo Daniel de siempre. El que desde hace décadas tomaba los pedidos bajo la Recova, repartiendo entre las mesas copas, platos, vinos y empanadas, mientras ahuyentaba a las palomas que, ante un descuido del cliente, picoteaban algún repulgue. El mismo Daniel, en las buenas, y en las malas, enfrentando los vaivenes en tiempos de mares embravecidos, para llegar a este nuevo puerto.  El mismo Daniel que saluda y nomás con un gesto pregunta si serán las mismas 4 de siempre con el cuartito de tinto.

No hace falta que lo diga: las empanadas siguen siendo las de siempre.

Por Enzo Lo Pranzo

Imagen en nota: tripadvisor.com

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