Observador Urbano

Lo que nos trae la noche

Son casi las veintidós horas de un sábado. La Peatonal Alberdi, aún llena de paseantes, empieza a oscurecer, en la medida que muchos de los locales comenzaron a cerrar sus cortinas. Lo que alguna vez fuera un paseo cuidado, agradable de recorrer, con comercios destacados, ha ido tomando otro cariz hasta llegar al espectáculo que hoy vemos: un ejército de manteros desplegado, como si se tratara de un campamento de refugiados, se esparce por la vereda sin dejar casi espacio libre a los caminantes, que van sorteando las mercaderías mientras se deben desplazar en fila india. Puede verse de todo: desde juguetes, ropa de abrigo de marca falsificada, algunos tejidos de factura industrial que insinúan cierto aire telúrico en su tramado, ropa interior y prendas de vestir de toda índole y especie, aparatos electrónicos y hasta manualidades en epoxi que representan duendes o esas pipas “especiales” que algunos usan para fumar, y no precisamente tabaco.

¿Cómo llegamos a esto? Cuatro años atrás nos debatíamos sobre cómo habían quedado los arreglos efectuados a la Peatonal y la exigencia masiva para que recupere un estilo adecuado. Hoy, aquellos intensos debates quedaron literalmente sepultados por un comercio irregular, cuyos perjudicados tenemos a la vista (los peatones, los comerciantes, los turistas, el fisco), y cuyos beneficiarios permanecen ocultos en el final de una cadena en la que el vendedor es un simple eslabón, acaso el más débil. Es que mientras el mantero se las rebusca procurando un ingreso, otros hacen el negocio en una línea que empieza en la explotación de la necesidad del vendedor, y que continúa en falsificación de productos, contrabando, trabajo en negro -cuando no directamente esclavo-, coimas, aprietes y demás corruptelas. El mantero es sólo la cara visible y expuesta de la ilegalidad.

Más allá de eso, hay en esta ecuación otro factor absolutamente responsable: el gobierno municipal. Por acción, negligencia u omisión. Con el antecedente de lo que ocurriera con los puesteros del Parque San Martín, cualquier medida que consienta la instalación de los manteros tenía desde el vamos un final anunciado: la perpetuación ad eternum de la situación, a como diera lugar. Bastaría haberse informado un poco -algo que cualquier funcionario con un mínimo de responsabilidad debiera haber hecho- para saber, por ejemplo, cómo estaba conformada en Capital Federal la organización que englobaba a los manteros de Once y los esfuerzos que hubo que llevar adelante para obtener su desalojo. Sobre todo porque, consentida o consolidada la ocupación a través del tiempo, se hará cada vez más difícil hallar una solución pacífica y, si se quiere, satisfactoria para todas las partes involucradas. No se entiende entonces cómo nadie en el Municipio se representó esta eventualidad o, si lo hizo, cómo no se evitó -o se permitió- llegar a este estado de cosas.

Debe quedar en claro que nadie pone en duda la necesidad de los manteros de tener una fuente de ingresos, y sería loable que el gobierno municipal se preocupase en hallar soluciones para ellos. Pero una solución mala no es un resultado aceptable, no lleva a resolver los problemas y sólo queda en una respuesta demagógica que, en el mejor de los casos sólo satisface a los punteros que saquen de esto un rédito o a quienes están detrás de este negocio.

El simple hecho de estar en un año electoral lleva a poner en duda una resolución a corto plazo, o al menos a preguntarse si cualquier acción que se tome apuntará a contemplar los intereses -y obtener el ocasional favor en las urnas- de un sector, o si nuestros gobernantes podrán ser capaces de pensar en el bien común de todos los ciudadanos y obrar en consecuencia.

Por Gustavo Caviglia