Observador Urbano

La lección de la Capitana Rackete

Es posible que muchos no hayan oído de la Capitana Carola Rackete, ni por qué ocupó, días atrás, las primeras páginas de los más importantes diarios de Occidente.

Carola Rackete es la Capitana del buque Sea Watch 3, un barco que con fines humanitarios se dedica al recate de aquellos inmigrantes que escapan del infierno subsahariano y magrebí (países del norte de África: Nigeria, Guinea, Senegal, Argelia, Túnez, Libia, Mauritania, Sahara Occidental y Marruecos), huyendo de la hambruna, guerras civiles, matanzas y dictaduras.

La inmigración africana a Europa es un problema de larga data, que se incrementa a fines del Siglo XX y hace eclosión en la última década. Y decimos problema, porque sería una necedad enorme negar las causas y consecuencias de oleadas migratorias masivas en cualquier sociedad, cuando no se toman las medidas adecuadas para que su asimilación no resulte traumática ni para quienes así llegan, ni para las comunidades que los reciben. Problema, porque una de sus causas ha sido el colonialismo europeo de los siglos XVII al XIX y la primera mitad del siglo XX con sus dos guerras mundiales, que modificaron el mapa y afectaron la vida de los pueblos africanos. Seguido luego por un neocolonialismo que involucró a estos pueblos con los intereses políticos, económicos y comerciales de Occidente. A la Guerra Fría, con su secuela de movimientos revolucionarios y de liberación pro marxistas (recordemos la presencia de Cuba en la guerra civil angoleña), le sucedieron guerras tribales y convulsiones intestinas que dejaron como secuela matanzas étnicas de dimensiones inimaginables. Sumado esto a gobiernos totalitarios y corruptos, azuzados en muchos por razones que provenían de la misma Europa y de sus intereses económicos y estratégicos.

Si problema es la fuente y sus consecuencias en el continente africano, problema ha sido también la torpeza con la que muchos países europeos administraron la incorporación de este flujo inmigratorio, sin medir consecuencias a largo plazo y sin procurar una armoniosa asimilación, desidia, impericia y desinterés muchas veces camuflados de corrección política y de tolerancia indiscriminada, de la que, incluso se jactaban, pero que precisamente derivó en un laissez faire que constituyó el huevo de la serpiente: bajo un discurso de respeto y tolerancia hacia sus culturas, se los terminó abandonando a su suerte, sin construir políticas concretas y eficientes tendientes a su asimilación. En muchos casos, si los inmigrantes llegados aceptaban agradecidos la posibilidad de asentarse en una Europa que les abría las puertas, las generaciones subsiguientes nacidas en el Viejo Continente advertían las desiguales condiciones entre ellas y el europeo “nativo” promedio, cuyo nivel de vida era ostensiblemente superior. Esto originó un soterrado resentimiento que se fue cocinando a fuego bien lento. El otro problema ha sido el demográfico: mientras en Occidente se indujo -como epítome de la libertad individual- el control de la natalidad y el aborto, cuyas consecuencias actuales son tasas de nacimiento negativas, cuyas consecuencias sociales, laborales y previsionales empiezan a advertirse, los inmigrantes conformaban familias numerosas. La falta de una asimilación gradual planificada produjo en varias comunidades migratorias una cultura cerrada en sí misma, que preservaban sus costumbres, algunas poco compatibles con las occidentales. En algunos de estos núcleos, las desigualdades combinaron en muchos casos con el fanatismo religioso e impactaron con las segundas y terceras generaciones, principalmente entre los más jóvenes. El último factor de esta ecuación lo aporta una Europa en recesión, y los europeos excluidos comienzan a ver con recelo a aquellos inmigrantes que toman los empleos que los primeros descartaban en tiempos más prósperos. Los inmigrantes empiezan a ser considerados por muchos como una amenaza. Los atentados de ciertos grupos de fanáticos musulmanes, hicieron el resto, hasta llegar al discurso xenófobo en muchos referentes políticos. 

Frente al arribo masivo de oleadas de refugiados que llegan cruzando el Mediterráneo, Italia y España han sido los países que soportaron la mayor carga durante estos últimos años. Melilla, un enclave español en la costa norte de África, separada un centenar de kilómetros del continente europeo, Ceuta, otra región autónoma española en la costa africana, se encuentra a unos 20 km de Algeciras y Gibraltar. Estas ciudades y el norte de Marruecos son lugares de concentración de miles de refugiados que cruzan el mar como pueden y son rescatados en las costas del Viejo Continente. Hoy en día, los africanos constituyen ya el 2,4% de la población de España.

Italia pasa por un proceso similar: Las costas de Sicilia y en especial la Isla de Lampedusa han sido las que recibieron la mayor embestida. Y es en Lampedusa donde seguramente se ha evidenciado con mayor crudeza la crisis humanitaria de la inmigración. Es en este punto donde se da comienzo a criterios restrictivos para la admisión de contingentes de inmigrantes, mientras se busca dentro de la Comunidad Europea una forma de resolver conjuntamente esta crisis. 

Es en este contexto y frente a la prohibición establecida de arribar con inmigrantes a bordo, la Capitana del buque Sea Watch 3, que ha rescatado del mar a 40 personas de una muerte segura, resolvió hacer prevalecer la vida de sus rescatados y desobedecer un mandato expreso que le impedía atracar en puerto, entendiendo que esa disposición devenía en el caso en una orden injusta, por sus graves consecuencias sobre la posible supervivencia de aquellos. El llamado decreto Seguridad Bis aprobado por el Gobierno de Italia establece que cualquier ONG que entre en aguas territoriales sin el permiso correspondiente puede ser multada con hasta 50.000 euros y 15 años de cárcel.

Es decir que ante la colisión entre el valor de la Vida y el cumplimiento de normas que la ponían en peligro, optó por la vida de esas 40 almas que llevaba a bordo.

Su gesto le valió el arresto y la imputación, por parte de la Fiscalía de la localidad de Agrigento, de cargos por la resistencia a la autoridad. Afortunadamente, y luego de 72 horas de arresto domiciliario, la Justicia Italiana resolvió la semana pasada desestimar los cargos y disponer, el 2 de Julio, la libertad de la Capitana. La juez interviniente, además, sostuvo que la Capitana Rackete actuó cumpliendo «un deber», el de salvar vidas en el mar.

Rackete, su gesto marcadamente humanitario y la decisión judicial que avaló su proceder, interpelan a toda Europa y abren un camino fundado en la defensa irrestricta de los derechos humanos por encima de una decisión excesiva y arbitraria que atentaba contra la vida. 

Por Gustavo Caviglia