Observador Urbano

Espíritus Pequeños, lejos del País de Oz

Pusilánime es uno de esos términos cada vez menos usados, que parecen destinados a desaparecer de nuestro vocabulario. El Diccionario de la Real Academia Española lo define: “Pusilánime. (Del lat. Pusillanĭmis). 1. adj. Dicho de una persona: falta de ánimo y valor para tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas. U. t. c. s. 2. adj. Propio o característico de una persona pusilánime. Actitud pusilánime.”

A su vez, la voz latina ‘pusillanĭmis’ es una contracción de la expresión ‘pusillus animus’, que significa ‘de alma o espíritu pequeño’ (pusillus: pequeño – animus: alma/espíritu), aplicable al apocado, cobarde y sin valor. El antónimo sería el término ‘magnanĭmus’ (magnánimo), que define a aquel que tiene ‘gran alma/espíritu y valor’ (magna: grande – animus: alma/espíritu).

Alguien en las redes, muy atinadamente, ejemplificó el significado de “pusilánime” personificándolo y asimilándolo con el personaje del León Cobarde, de El Mago de Oz. Interesante comparación, por la contradicción que encierra: ell León, como el Rey de los animales, como cualquier rey, nunca podría ser un cobarde.

El León Cobarde termina siendo, en la novela y en la película, un personaje querible.

Nuestro personaje, en cambio, es distinto. No es rey, aunque está atado a aquella misma contradicción que el simpático león de la historia. Lamentablemente, nuestro personaje es real, pero no genera la misma empatía que el buen León.

Víctor Manuel «Tucho» Fernández, ex Rector de la Universidad Católica Argentina, es desde 2018 Arzobispo de la Arquidiócesis de La Plata.

Se lo tiene dentro del Episcopado como un intelectual progresista, con amplia conciencia social, enrolado en esa misma línea que pregona el Papa Francisco, de quien se considera -y así lo declara- amigo personal.

Meses atrás sorprendió a los salteños entronizando en su Arquidiócesis una imagen de la llamada “Virgen del Cerro”, cuya devoción está asociada a ciertas prácticas de turismo religioso, pero que no cuenta con el necesario aval eclesiástico, algo que Mons. Fernández sabe perfectamente.

Foto Diario Clarín – Catedral de la Plata

Su explicación frente a ese hecho -una primera señal de alarma de lo que parece ser un temperamento instalado en él- fue la demagógica confesión de que lo dispuso debido a que “despierta devoción en muchas personas”. Algo lógico, si se entiende que en la demagogia hay un dejarse llevar por la corriente y los deseos de una mayoría, al carecer de la actitud, la capacidad, la intención o la voluntad de obrar conforme lo que es objetivamente correcto, lo que corresponde.

Estos últimos días Monseñor Fernández volvió, a ser noticia. El 1ero. de Octubre, en una columna publicada en el diario La Nación, convocó a los fieles de su arquidiócesis a resignarse pasivamente ante la agresión que sobrevendría con el 34° Encuentro Nacional de Mujeres, que se desarrolló en La Plata el último fin de semana. Relativizó la esperada y habitual agresión hacia templos y fieles que se suceden en el marco de estas convocatorias, casi al punto de justificarlas, al expresar que no se trata de una horda sedienta de venganza y destrucción”, sino de “mujeres, de muchos colores (sic), con diversas formas de defender sus derechos (¡sic!), y también con diferencias entre ellas. Las une el sueño de una verdadera igualdad, y la ira se entiende cuando se recuerda la historia, siglos de opresión, de humillación, de dominio machista, de violencia (¡sic!!)”. En su ponderación al odio religioso ejercido por el extremismo feminista, llegó a sostener que “a veces la bronca se concentra contra la Iglesia, que necesita una autocrítica en este tema (¿?), como en tantos otros. Durante siglos toleró la esclavitud aun cuando su fe le decía que cada ser humano -mujer o varón- tiene una dignidad inalienable. Pero hubo santos que se dedicaron a comprar esclavos para dejarlos libres. Del mismo modo, en la conquista de América hubo curas que toleraban los excesos y decían que los aborígenes no tenían alma”.

Continúa el Sr. Arzobispo diciendo que “corre por las redes que prometen quemar y destruir. Estoy seguro de que la mayor parte desea hacerse oír pacíficamente, reivindicando un legítimo derecho a protestar. Las que quieren dañar y destruir no las representan a ellas ni a la inmensa mayoría de la sociedad. De todos modos, quienes no hemos sabido asumir como propios los legítimos reclamos de las mujeres simplemente tendremos que abrir el oído. Bienvenidas las que vienen a enriquecer el debate público”. Dirigiéndose a la comunidad católica, el arzobispo pidió “que eviten cualquier forma de agresión verbal y toda iniciativa que termine siendo provocativa”. Agregó que “las mujeres católicas podrán dar su opinión en los talleres (N. de la R.: ¿ignora lo mal que lo pasan en estos aquelarres las mujeres que se identifican como católicas o creyentes?), o bien orar en sus casas. Pero no caben en esos días acciones que, con la excusa de proteger iglesias, puedan interpretarse como una ‘resistencia’ cristiana. Quienes cuiden las iglesias y otros lugares serán las estructuras dependientes del Estado que se organizan para preservar el orden público”. Expresó asimismo que “como arzobispo de La Plata, me comprometí (N. de la R.: ¿ante quién? ¿Prevalece al compromiso derivado de su Ordenación?) a procurar evitar todo acto, movilización o expresión que se manifieste como una contraofensiva, lo cual sería inútil, ineficaz e imprudente”, explicó. Y como remate: “no pretendo con estas líneas conformar a nadie, pero ofrezco mi humilde oración y mi pobre capacidad para que sigamos caminando hacia una sociedad más inclusiva. El sueño es que brille cada vez mejor la igualdad entre todos los seres humanos y el inmenso valor de cada persona más allá de su color, origen, ideas, desarrollo y orientación sexual”, concluyó.

Foto: Diario El Día

Como si esto no fuese suficiente, para que la claudicación sea completa, Monseñor “Tucho” Fernández dispuso que no se oficien misas en las principales iglesias platenses durante el encuentro, conculcando así el derecho de los fieles de celebrar la liturgia y el sacramento de la Eucaristía (Can. 213 CIC: Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la palabra de Dios y los Sacramentos. Can. 214: Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia).

Reacciones dispares se sucedieron como consecuencia de la decisión del prelado platense: por un lado, el desconcierto, la decepción y hasta el rechazo de muchos fieles (lamentablemente, incluso con pintadas en el arzobispado). Por el otro, y seguramente en agradecimiento a tantas deferencias dispensadas por el Sr. Arzobispo en favor de la barbarie, las feministas radicalizadas llevaron adelante un “tetazo” frente a la Catedral de La Plata. 

Pero a Monseñor Fernández, nada le hace mella: con posterioridad al Encuentro, afirmó que éste fue “más pacífico que los anteriores”, y minimizó los incidentes, atribuyéndolos a “menos de cien personas” que se separaron de la marcha feminista.

Tal vez, el lector entienda acertado el evitar la confrontación, en similar manera de quien presenta la mejilla ante la agresión. Al fin y al cabo, dirá con razón, es una actitud evangélica. Y prudente, si se quiere, pues nadie puede instar a los fieles a poner en riesgo su integridad.

¿Pero era ésta la forma? ¿O un desbocado afán de protagonismo y de corrección política pseudoprogre tuvo más peso que un razonable deber de prudencia? ¿Era necesario allanarse públicamente al atropello de un fanatismo alimentado por el odio a la fe y la ideología? ¿No hubiese sido mejor sumar una sana sensatez con la capacidad de ir acordando -con la necesaria reserva y discreción- junto a presbíteros y laicos sobre cómo proceder para minimizar los efectos de una embestida inevitable, en lugar de salir a hablar gratuitamente de actos provocadores o contraofensivas, cuando bien sabe el Sr. Obispo que, con o sin aquellos actos, las acciones violentas de estos grupos extremistas ocurrirían invariablemente? ¿Era necesario ponerse en el centro de la escena de manera tan penosa, asumiendo como propio un discurso ajeno, justificante de la intolerancia y la violencia, en lugar de confortar a sus fieles, como buen pastor? Nadie quiere ver legiones de ultramontanos abroquelados en templos en una defensa cuerpo a cuerpo, que exacerben aún más el odio del fanatismo o que puedan ser objeto de insultos, escupitajos y demás muestras de agresión. ¿Pero debe llegar la claudicación a justificar el accionar de los agresores, en base a su propio discurso?

Sin ir más lejos, fueron aquí los laicos los que dieron la cara y tomaron por su propia cuenta la iniciativa sensata: la Corporación de Abogados Católicos envió una carta a la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, para pedirle que se adopten medios de prevención para evitar posibles delitos de odio religioso, como ataques contra templos o fieles católicos, durante el Encuentro. Los abogados detallaron algunos de los hechos de violencia contra lugares de culto que se perpetraron en anteriores marchas de este tipo y, ante “la singular gravedad de la situación”, solicitaron a la funcionaria nacional que “adopte todas las medidas de prevención posibles, incluyendo la revisión de los fondos públicos afectados a financiar este tipo de violencia”. Asimismo, requirieron “que, para el caso de concretarse algún ataque contra templos o fieles católicos, o de algún otro modo verificarse la comisión de delitos de odio religioso, se tomen todas las medidas necesarias para identificar a los autores y radicar ante la Justicia las correspondientes denuncias penales que nos permitan luego perseguir la condena civil de estas inconductas alentadas por el odio religioso”. Comme il faut. Ni más ni menos. Firme, contundente, propositivo. Sin claudicaciones vergonzantes.

En El Mago de Oz nuestro simpático León consigue, al final de su camino, su recompensa: una medalla al valor.

Para el final de otros trayectos, sería bueno recordar, en Apocalipsis 3:15-16, el triste destino emético que le aguarda a los tibios.

Por Gustavo Caviglia

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