Observador Urbano

El Vaticano reúne a jueces que adhieren a la «Doctrina Franciscana», entre ellos, Raúl Zaffaroni

Nos enteramos por los diarios de alcance nacional, de la conformación del Capítulo Argentino del Comité Panamericano de Jueces por los Derechos Sociales y la “Doctrina Franciscana”, una iniciativa creada por el Vaticano.

Aclaremos, antes de seguir, que “Doctrina Franciscana” no se refiere en modo alguno al Santo de Asís -al que imaginamos distante de una convocatoria por el estilo- sino que es un término nacido de cierto circulo áulico Vaticano que parece girar con epicentro en la figura del actual Pontífice.

Este “Capítulo Argentino” es fruto de una cumbre panamericana de jueces llevada a cabo meses atrás en el mismo Estado Vaticano, y cuya delegación argentina fuera encabezada por el ex juez Zaffaroni. Recordemos, referente jurídico de la actual candidata a vice presidente de la Nación, Cristina Fernández. Pero además, militante activo de su armado político.

Figuran otros nombres, como el de la Camarista Ana María Figueroa, quien cultiva con Zaffaroni idénticas simpatías políticas, y el del controversial Juez Roberto Gallardo (quien también supo compartir similares afinidades con sus colegas anteriormente mencionados), y que confronta frecuentemente con las autoridades políticas de la Ciudad de Bs. As., desde tiempos de Mauricio Macri. Gallardo es un ejemplo claro de lo que se conoce como “gobierno de los jueces”, esto es, la pretensión de muchos magistrados de extender sus competencias hasta invadir y ejercer las que son propias de los poderes ejecutivos. También contó el acto con un mensaje de adhesión de Cristina Caamaño, presidente de la agrupación Justicia Legítima.

El juez Gallardo junto a Monseñor Sánchez Sorondo

Estuvo presente en el acto Monseñor Sánchez Sorondo, Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. La participación del prelado argentino ayuda a entrever de dónde, por dónde y hacia dónde se dirige esta iniciativa. Como es sabido, sus contactos con políticos opositores al gobierno argentino actual, son muy conocidos, léase, Familia Moyano, Guillermo Moreno y esposa, y el ex embajador Vaticano Eduardo Valdéz, ente otros.

Lamentablemente, estamos en presencia de gestos más propios de un operador político, con una muy definida orientación, que de los de un prominente miembro de la Curia Romana, que llamativamente dejó muy joven y recién ordenado el país a fines de los ’60, para residir desde 1971 en el Vaticano, más precisamente, en Villa Pía, la Casina de Pio IV, un maravilloso palacio del S. XVI ubicado en los propios Jardines de la Ciudad-Estado.

Mientras que desde los tiempos del Arzobispo Bergoglio se nos repite como un mantra que la Iglesia no debe ser como una ONG, Monseñor Sánchez Sorondo nos ha sorprendido un par de años atrás, afirmando, en la Universidad Católica de Valencia (UCV) que “hoy se está viviendo un momento mágico porque por primera vez el magisterio del Papa, que responde al Evangelio, es paralelo al magisterio de las Naciones Unidas”. Según Sánchez Sorondo, “el empeño del Papa es erradicar la pobreza y el hambre en el mundo, y éste es precisamente el primero de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, que se aprobaron por unanimidad después del discurso del Papa en la ONU y de su encíclica Laudato Si”. Curioso parangón para lo que debiera entenderse como parte del Magisterio eclesial.

No hace falta mucho esfuerzo para sospechar que no estamos en presencia de alguien que habla y obra por su propia cuenta y orden. Y si algún margen de duda nos quedase, el propio Juez Gallardo, nos ayuda a asentar aún más la sospecha: luego de comenzar su intervención con la lectura de un correo electrónico que le había enviado Francisco, remata diciendo: “Francisco nos convocó para que repensemos el derecho”. Fin de la duda.

El juez Zaffaroni junto al Papa Francisco, en una visita al Vaticano

A esta altura nos toca, una vez más, ser espectadores de un nuevo punto de intersección entre la política nacional y la presencia en ausencia del ex arzobispo porteño, sus dichos, sus gestos y sus emisarios, que sistemáticamente procuran, inducen y provocan resultados en nuestra arena partidaria. Y si bien pareciera que esta incidencia es un vector que tiene siempre el mismo origen y la misma dirección en lo que a preferencias partidarias se refiere -más allá de las constantes y poco convencidas desmentidas de muchos actores políticos y eclesiales-, lo que ya no puede siquiera discutirse es que esa acción tiene lugar. Por acción, por silencio, por omisión, su impacto es un hecho y desde Santa Marta al Instituto Patria –pasando por Balcarce 50 y Olivos- todos lo saben.

Sería más que deseable –para todos los ciudadanos, pero sobre todo para los laicos-, no tener que lidiar con esta forma de inducir en los asuntos internos de los poderes de gobierno de nuestro país, algo que probablemente redunde en beneficio de determinadas agendas políticas –aquí, en Roma, o en donde sea- pero que seguramente no lo es en beneficio de la Iglesia, la evangelización y la redención, como Misión última de aquella. De hecho, ya vemos que eso se traduce en detrimento de la credibilidad de la institución eclesial, de sus miembros, e inevitablemente, de su mensaje. Pero ocurre además que aquí se está cruzando un Rubicón al que jamás nadie debiera acercarse: el apuntar a uno de los tres poderes de la República para operar políticamente desde allí dentro, y no ya siquiera como un apostolado en un ámbito específico, sino con fines exclusivamente temporales. Nos situamos allí en un potencial conflicto de gravedad institucional, tan poco deseable como innecesario en un país donde las instituciones funcionan y donde la democracia –débil y todo- se ejerce con absoluta libertad.

Pero tanto o más conflictivo se nos presenta a los fieles lidiar con la contradicción discursiva entre una continua e histórica crítica al clericalismo (entendido como influencia en los asuntos políticos o como acción de la autoridad jerárquica por sobre las competencias laicales), y el ejercicio de esa misma conducta que emana, paradójicamente, de la misma fuente de donde proviene su reprobación. Con el agravante de que el ex Cardenal Primado y ciudadano argentino Bergoglio, hoy es Francisco, cabeza visible de una Iglesia universal por la que tiene que velar y asimismo Jefe del Estado Vaticano. No cabe duda que los asuntos internos de la Argentina siguen siendo preocupación del Papa, y no es esa preocupación –como argentino- la que se cuestiona, sino la intención y las acciones tendientes a intervenir en aquellos y que eso pretenda ocurrir desde un espacio político determinado. Y a esta altura resulta anecdótico dilucidar si se trata de hacer, no hacer o dejar hacer a otros en su nombre, llámense Sánchez Sorondo, Valdés, Vera o Grabois. Lo que ocurre, concretamente, es que quien debiera ser el Papa de todos los fieles se ha convertido en bandera de una facción, y poco podemos hacer para revertirlo.

Por Gustavo Caviglia

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