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Opinión

América Latina: Crisis y efecto dominó

América Latina atraviesa por un conjunto de crisis especialmente graves. Las economías de la región están estancadas, la política atraviesa por un quiebre y, sobre todo, la salud de los ciudadanos continúa expuesta a los peligros de la pandemia por Coronavirus como consecuencia de la falta de acceso a las vacunas.

A pesar de representar un poco más del 8% de la población mundial, América Latina registra más del 30% de muertes confirmadas por Covid-19. Con algunas excepciones, la vacunación en la región, avanza lentamente. En Perú, que posee una de las tasas de mortalidad por Covid-19 más altas del mundo, sólo alrededor del 20% de la población ha recibido al menos, una dosis de vacuna.

De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, la economía de la región se contrajo un 7% en 2020 producto de la pandemia, sin embargo, los países de la región ya venían experimentando un desempeño anémico desde hace 5 años. Asimismo, éstos se encuentran entre los países más desiguales del mundo, creando un caldo de cultivo ideal tanto para el Covid-19 como para el virus de la inestabilidad política.

En ese marco, no se pueden dejar de lado los factores históricos y estructurales detrás de la modernización tardía de la región, ni su tendencia a la volatilidad social y política, como lo demuestra su trayectoria en los últimos 30 años.

Al observar las protestas en Cuba, Guatemala, Colombia y, el asesinato del presidente de Haití (por citar sólo algunos casos y, salvando las distancias particulares de cada país), el problema de fondo es la frustración de los ciudadanos con la habilidad de los gobiernos para brindar los servicios básicos.

Así, los problemas de la región deben ser atendidos por sus respectivos líderes, apelando a una gobernanza efectiva para de esa manera ganar nuevamente la confianza de la población a las instituciones democráticas y, sobre todo, cuando se le requiere a ésta de un esfuerzo mayor que a la clase política.

Del mismo modo, los líderes latinoamericanos deberán reimpulsar la integración regional con el objetivo de fortalecer, sobre todo, el comercio intrarregional, un aspecto crucial para la recuperación económica.

Al mismo tiempo, los abundantes recursos minerales, energéticos y agrícolas de América Latina, continúan atrayendo la atención de las principales potencias del mundo, lo cual se refleja en la creciente cooperación comercial, de inversión y financiera de la región con China.

Todo ello, en un marco caracterizado por la transición energética y el futuro rol de las nuevas fuentes de energía que se afianzará en un período de 10 a 20 años.

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Planteándose la cuestión relativa a la dependencia exclusiva hacia el gigante asiático, país que comprende la importancia de la región –sobre todo de América del Sur– a escala geopolítica.

Ante dicha presencia, otra de las cuestiones que se debe definir es el rol de los Estados Unidos para con lo que acontece en su “patio trasero”.

Recordamos que desde la asunción de Joe Biden como presidente, su agenda externa se ha centrado hasta el momento en retomar los vínculos con países de Europa y Asia, como también hacer frente a los desafíos que plantea China para su economía y seguridad nacional. Sin embargo, no debe olvidar que la presencia de éste en el sur del continente también le plantea enormes desafíos, sobre todo para una agenda climática que desde el inicio de su campaña ha sido uno de sus grandes ejes.

Apelar a mecanismos de cooperación multilateral beneficiarán y ayudarán a una mejor y más rápida recuperación económica de la región. Por su parte, los cuestionamientos hacia los gobiernos de distintos tintes de la región, deberán resolverse a través de mecanismos democráticos (elecciones) y, en aquellos casos en donde esta posibilidad se ve obstaculizada, apelar también a las principales organizaciones multilaterales para que actúen en consecuencia y puedan ofrecer una solución para quienes se encuentran sumidos en regímenes que impiden el efectivo ejercicio de los derechos civiles.

Por María Agustina Martínez —– 25/07/21

Nota: Gran parte de este artículo recoge la visión plasmada por Javier Solana y Enrique Iglesias en su artículo titulado “Latinoamérica ante la tormenta perfecta”: https://www.project-syndicate.org/commentary/political-economic-health-crisis-in-latin-america-by-javier-solana-and-enrique-v-iglesias-2021-07

Fuentes: www.project-syndicate.org – www.brinknews.com

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Opinión

La peor de las grietas está en la escuela

Un informe elaborado por el Observatorio Argentinos por la Educación, estableció que solo el 16% de los estudiantes alcanzan a terminar sus estudios secundarios en tiempo y forma. Pero en Salta el panorama es más grave: solo 11 de cada 100 alumnos que egresan del secundario en nuestra provincia tienen conocimientos satisfactorios de matemática y lengua.

El rendimiento educativo viene cayendo y no mejora sustancialmente en Argentina desde hace más de 20 años, según lo demuestran diversas pruebas estandarizadas que se realizan para evaluar el aprendizaje y Salta no es la excepción.

La situación de crisis por la que atraviesa el sistema educativo está llegando a límites insospechados, profundizados por la pandemia. Todo esto ocurre a pesar de la variedad de las políticas públicas aplicadas durante todo este tiempo, orientadas a mejorar la situación educativa del país; lo que nos lleva a plantearnos la efectividad de las mismas para mejorar la situación.

Muchos estudiosos encuentran la raíz del problema en la desigualdad y las brechas que esta produce, aunque también hay otros argumentos igualmente válidos relacionados con la familia, metodológicos, recursos, el contexto, disparidades de escuelas, y situacionales que suman a la hora de analizar el problema.

Recientemente el Observatorio de Argentinos por la Educación, del cual formo parte como referente en Salta, dio a conocer un nuevo informe en el cual se pone el foco en las características de las trayectorias escolares desiguales en Argentina y se analizan los perfiles de los alumnos del secundario que terminan la escuela en tiempo y con los saberes suficientes.

El estudio se realizó tomando datos oficiales provistos por el Ministerio de Educación y mediante el seguimiento de una cohorte especifica que inició el primer grado en 2009, con 6 años de edad, y egresó con 17 años en el 2020, permitiendo saber cuál fue el desgranamiento en la matrícula a lo largo de los 12 años que abarca esa cohorte. De tal modo buscaron determinar cuántos fueron los estudiantes que completaron la primaria y secundaria sin interrupciones; conocer cuántos fueron los que terminan con conocimientos satisfactorios en lengua y matemática (cruzando los datos con los resultados de las pruebas Aprender 2019) y saber cuántos son los alumnos que no siguen el esquema deseable a saber: porque les lleva más tiempo los trayectos (sobreedad); porque no llegan con los conocimientos suficientes o porque dejan sus estudios por los reiterados fracasos.

Los resultados de la investigación dan cuenta de que, para Argentina, solo el 34,5% que llega al último año de la secundaria asiste a escuelas de gestión privada; sin embargo, quienes llegan en tiempo con los conocimientos satisfactorios representan el 63,7% en escuelas de gestión privada y el 36,3% en las de gestión estatal. El 54,8% tienen madres que alcanzaron un nivel educativo superior (universitario; no universitario o posgrado) completo o incompleto. De los 16 alumnos que, de cada cien, terminan el nivel medio en tiempo y forma, 9 tienen madre con educación superior, 4 con secundario completo, 2 con secundario incompleto y 1 con nivel primario. El 52% pertenecen al tercil socioeconómico más alto, 32,9% al tercil medio y solo el 15% al tercil más bajo.

Según el informe, en Argentina, y particularmente en Salta, no todos los alumnos del secundario tienen las mismas oportunidades de terminar la secundaria a tiempo y con los saberes esperados: solo 11 de cada 100 en Salta lo logran a diferencia del promedio en Argentina que indica que solo 16 de cada 100 lo consiguen. Quienes cuentan con más probabilidades de desarrollar las trayectorias escolares esperadas son los estudiantes que pertenecen al tercil de mayor nivel socioeconómico, que asisten a escuelas privadas o cuyas madres tienen estudios superiores. Estos resultados abren un interesante espacio para la reflexión, el análisis y la evaluación de las políticas públicas que se vienen aplicando. Claramente, interpela a las autoridades y al sistema educativo a tomar decisiones de fondo para superar este desvastador retroceso en el aprendizaje que afectara la robustez del capital humano.

Reformar todo el sistema educativo es esencial, porque los hechos dicen más que las palabras y desenmascaran a las ilusiones ideológicas. Sin un nivel de aprendizaje, no solo superior, sino equitativo, el desarrollo humano y la plena inclusión quedará en fábulas discursivas: vivimos en la Cuarta Revolución Industrial y necesitamos incorporarnos a la era de la economía del conocimiento. Por eso, el relevamiento de Argentinos por la Educación invita a indagar sobre las causas de la ausencia de cambios sustanciales en el quehacer educativo, a pesar de los esfuerzos económicos, técnicos y pedagógicos que, en los últimos 20 años, como mínimo, hace nuestro país y particularmente Salta, para mejorar la cobertura, asistencial y calidad educativa.

Falla la calidad educativa

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El artículo 11 de la Ley de Educación Nacional 26206 (LEN) que especifica los fines y objetivos de la política nacional educativa da cuenta que debe “asegurar una educación de calidad con igualdad de oportunidades y posibilidades, sin desequilibrios regionales ni inequidades sociales”, “mediante acciones que permitan alcanzar resultados de calidad equivalente en todo el país y en todas las situaciones sociales” (Art. 16 de la LEN). Atendiendo a los resultados de aprendizaje está claro que el sistema educativo actual no está proveyendo aprendizajes de calidad que especifica la Ley.

Si bien es cierto que el nivel de calidad educativa es la resultante de la combinación de variables significativas, en las que el proceso de enseñanza y los mecanismos de acompañamiento para los que necesitan apoyo son fundamentales, y no solamente de la presión por aprobar, es posible poder inferir que el sistema tiene fallas preocupantes que cada vez se profundizan más.
El análisis de la cohorte 2009-2020 permitió deducir asimismo el rasgo estructural del sistema educativo en una década durante la cual la “exclusión” que se produce en el secundario afecta a miles de jóvenes. La diferencia entre escuelas y los recursos con que cuenta principalmente si son de gestión privada o pública sigue siendo un determinante de peso en el rendimiento académico como así también el estrato social de la familia sumando la sobreedad y repitencia.

 Inequidad y exclusión 

En el secundario, la brecha se agiganta.
Los resultados de la investigación revelan que los estudiantes que llegan al final de sus estudios, en el secundario, en el tiempo teórico: es decir que tienen 17 años cuando finalizan, en relación a la matrícula cuando comenzaron con 6 años la primaria en el 2009, en Argentina llegan el 53% pero en Salta solo el 43%.

Analizando las trayectorias con los resultados de aprendizaje para saber cómo llegan los que llegan en el tiempo teórico, cuántos alcanzaron resultados satisfactorios y avanzados tanto en lengua como en matemática: en Argentina son 16, pero en Salta son 11.
Recalco nuevamente cuál es el perfil de esos 16 que egresan con los conocimientos suficientes en matemática y lengua: el estudio indica que el 63,7% asiste a establecimientos de gestión privada; asimismo, de 16 de cada 100 egresados, 8 alumnos pertenecen al tercil socioeconómico más alto; 5 al medio y 3 al más bajo. Estos datos de la realidad reconfirman la profundización de la desigualdad existente que seguramente se agravó con la pandemia.

Hay que tener en cuenta también otro hecho relevante: en Argentina, para el 2020, el 65,6% de los alumnos del último año de la secundaria asiste a una escuela estatal, pero para esos 16/100 que egresan cono conocimientos suficientes en matemática y lengua el 63,7% asiste a escuelas de gestión privada; es decir, que el porcentaje se revierte. Estos resultados son un llamado a la acción.
Son muchos los factores que conspiran para provocar los bajos niveles de aprendizaje y la profundización de la desigualdad, lo cual convierte a una educación revisada y actualizada (lo que no es simple) en una herramienta esencial para disminuir las brechas propiciando una mayor inclusión y asistencia escolar.

Se necesita actualizar al sistema educativo para adecuarlo a los cambios de paradigmas a la transformación digital que marcan los nuevos tiempos.
No es simple: es necesario actualizar, jerarquizar y fortalecer el rol docente, transparentar el destino que se asigna al sistema educativo, establecer objetivos a largo plazo para el desarrollo tecnológico y equilibrar tanto las horas de clase y de asistencia para el aprendizaje que reciben los alumnos por año, tanto en las escuelas de gestión pública como privada (la escuela debe ser una sola para todos). Esta es la asignatura pendiente de los gobiernos, el Consejo Federal de Educación y de todo el sistema educativo.

Por Silvia Alvarez – Licenciada en Economía / Doctora en Educación —– 29/05/22

Fuente: www.eltribuno.com

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Opinión

Nuestras sinuosas relaciones con Rusia

En la asamblea legislativa del pasado 1 de marzo el presidente Alberto Fernández condenó la invasión rusa a Ucrania; exactamente 25 días antes había manifestado su deseo de que Argentina sea la puerta de entrada de Rusia a América Latina. Estas contradicciones, ya habituales en la política exterior del actual gobierno, no son sino el colofón de una historia sinuosa en las relaciones bilaterales de ambos países.

Las relaciones bilaterales recién se establecieron en 1885, durante la primera presidencia de Julio A. Roca. Al poco tiempo, con motivo de la guerra ruso-japonesa en 1904, Argentina fue uno de los pocos países que asistió a Japón, concretamente a través de la venta de dos acorazados. El triunfo japonés -el primero de un país oriental sobre una potencia occidental en la era moderna- supuso un duro golpe para el gobierno del zar y le dio voz al Japón en los asuntos internacionales de la época. Como muestra de agradecimiento, el gobierno nipón erigió en Tokio una plaza con el nombre de República Argentina

Tras la revolución bolchevique, el presidente Hipólito Yrigoyen decidió cortar las relaciones diplomáticas con Rusia, las que no se reestablecerían sino hasta 1946, durante el gobierno de Perón, ya bajo el nombre de Unión Soviética (URSS). El año previo, no obstante, el país y la URSS estuvieron envueltos en una disputa diplomática de relevancia en torno a las Naciones Unidas, pues el régimen soviético no quería que Argentina fuera admitida como miembro fundador de la Organización, al haber sido neutral durante prácticamente toda la guerra. La presión de los países latinoamericanos, que en ese momento eran proporcionalmente un bloque numeroso, y el decidido apoyo de Estados Unidos, que entendía que, si bien Perón era nacionalista y contrario a sus intereses en el sur del continente, en un eventual tercer conflicto a escala mundial estará en contra de la URSS, forzaron el ingreso del país. Como contrapartida, Estados Unidos tuvo que aceptar que la Unión Soviética tenga tres votos en la Asamblea General: El de Rusia (a nombre de la URSS), el de Ucrania y el de Bielorrusia.

Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial si algo no se cuestionaba, eso era el anticomunismo de Perón. Sin embargo, el pragmatismo del líder argentino y en nombre de la tercera posición, hizo que a medida que avanzaba la guerra fría tendiera puentes con el Kremlin. No solo se restablecieron relaciones diplomáticas nombrando a un embajador, el primero hasta 1952 fue Federico Cantoni, sino que también creó un programa de delegados obreros como parte de la misión diplomática. En el caso de la Unión Soviética se nombró como agregado obrero de la Embajada argentina a Pedro Conde Magdaleno, un socialista devenido en peronista, para aceitar más las relaciones con el régimen.

Con Perón alejado del poder, en especial con los sucesivos gobiernos militares, las relaciones bilaterales volvieron a tensarse. Tras la crisis de los misiles cubanos en 1962, el presidente Guido, condicionado por las Fuerzas Armadas que depusieron a Frondizi, fue uno de los primeros líderes en plegarse al bloque estadounidense. Así, Argentina por primera vez envió dos buques de guerra al Caribe en expresión de su solidaridad con EEUU. Diez años después, el candidato argentino a la Secretaría General de Naciones Unidas, Carlos Ortiz de Rosas, presentado por Francia, y apoyado casi unánimemente, no pudo ser electo por el veto soviético, argumentando que no representaba al “tercer mundo”. El problema real fue que Argentina era miembro del TIAR (alianza militar con la participación de EEUU) y consideraban al argentino demasiado pro estadounidense.

El último gobierno de facto tuvo manchas y contramarchas en sus relaciones con la URSS. Por su carácter decididamente anticomunista apoyó militarmente a EEUU en las intervenciones en Centroamérica y simbólicamente participó del boicot en contra de los Juegos Olímpicos de Moscú. Por otra parte, el reclamo del presidente Carter por el respeto a los derechos humanos extendió puentes con Moscú e incrementó los lazos comerciales que ya se habían tendido previamente, convirtiéndose la URSS en una de los principales compradores de cereales argentinos. Durante el conflicto de Malvinas la Unión Soviética se abstuvo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; sin embargo, hay versiones sobre la ayuda en materia de inteligencia con el gobierno argentino e inclusive ayuda militar a través de terceros Estados.

El primer presidente argentino que realizó una visita oficial a la URSS fue Raúl Alfonsín, quien intentó relanzar los vínculos comerciales y obtener un apoyo explícito en la cuestión Malvinas. Sobre el primer punto hubo algunos avances, sobre el segundo ninguno.

La visita de Carlos Menem se hizo ya en tiempos de la Unión Soviética de Gorbachov, de la perestroika y glasnot, es decir, de una apertura hacia el mundo y la democracia occidental. Aun así, el alineamiento automático del gobierno a Estados Unidos impidió afianzar demasiado las relaciones bilaterales.

El acercamiento

Fue durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández cuando hubo un mayor acercamiento en materia política, ya sea por afinidad ideológica o por querer demostrar el manejo de una política exterior autónoma. En el último conflicto con Crimea, la cancillería argentina no cambió su tradicional postura en favor del respeto por la integridad territorial, pero la presidenta remarcó el doble estándar de las potencias occidentales al respecto. Durante la presidencia de Alberto Fernández, Argentina fue el primer país occidental en comprar la vacuna rusa, aun cuando esta no había pasado por la validación externa que requiere, por protocolo, cualquier descubrimiento científico. 

La defensa de los derechos humanos, que forma parte central en el discurso del actual gobierno y del de Néstor y Cristina Kirchner no se ha detenido para denunciar las persecuciones a las minorías en Rusia ni para abogar por el esclarecimiento de los asesinatos a periodistas o representantes de la oposición.

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Fidelidad sin logros

Tampoco se ha conseguido demasiado en materia de relaciones comerciales: Rusia es hoy el 16º socio comercial de la Argentina, con un comercio bilateral que en 2021 rondaba los 1.600 millones de dólares, aunque cabe aclarar que es uno de los países con los que más está creciendo el intercambio en términos porcentuales.

La diplomacia es una disciplina que requiere destreza para relacionarse con los distintos actores internacionales y evitar, manejar o aminorar los conflictos antes que abrirlos. 

Para ello tiene que tener en vistas todo el escenario internacional y no solo una parcialidad y el timing para actuar o tomar decisiones es indispensable.

Las acciones de política exterior deben ser oportunas y ciertamente la reciente visita del presidente Fernández a Rusia fue altamente inoportuna. La política exterior de un país no requiere de una visión ideológica, sino de una mirada geoestratégica que atienda a los intereses nacionales.

La cabeza de esa política exterior tiene que estar a la altura de esas exigencias y no debería ser el premio a los compromisos partidarios o la fidelidad política, como ha sucedido con no poca frecuencia en nuestro país.

Por Víctor Toledo – Lic. en Relaciones Internacionales —- 12/03/22

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Análisis

El origen de la visión cultural y política de Vladimir Putin

Luego del paréntesis del mandato presidencial de Medvednev (2008-2012), en 2012 se inicia la tercera presidencia de Vladímir Putin que dura hasta las elecciones de marzo de 2018, las cuales vuelve a ganar. En esta nueva etapa, todos los temas que desde 2000 había abordado el mandatario de forma separada quedan ahora aglutinados en torno a la defensa de la identidad nacional, que se compone de patriotismo, valores cristianos y defensa de la influencia extranjera, es decir, muy en línea con la tradición decimonónica (Cfr. María Luisa Pastor Gómez; “Vladímir Putin y la nueva identidad distintiva rusa”; 2019, pp. 79). 

En el diseño de la nueva identidad rusa Putin comparte, al igual que el zar Nicolás I, una concepción mística de Rusia como un imperio que no se define por fronteras territoriales. Asimismo, parte del pensamiento de intelectuales rusos del siglo XIX, entre los que se destaca Konstantin Leontiev, el Nietzsche ruso, quien en su época lamentaba que Europa hubiera emprendido la vía de la secularización y le diera la espalda a sus raíces cristianas. (Cfr. Ibíd. pp. 79-80). 

Europa, decía Leontiev, se halla en decadencia desde el Renacimiento, ya no produce ni santos ni genios, sino ingenieros, diputados y profesores de moral. En cambio, Rusia se halla en la fase ascendente de las civilizaciones; Rusia siempre se desarrolló como una “complejidad floreciente”, como un Estado-civilización cimentado en el pueblo ruso, la lengua rusa, la cultura rusa y otras tradiciones y religiones de Rusia (Cfr. Ibíd. pp. 80; Palabras de Putin en el Club Valdai, 2013. Apud, VILLEGAS; pp. 254).  

Pero ¿quién es Konstantin Leontiev, este pensador del siglo XIX, a quien Putin cita y del cual parte para definir la nueva identidad rusa? ¿Cuáles son las bases conceptuales de su pensamiento? 

Diplomático, médico, filósofo, hombre de letras e incluso monje tardío, en busca de esa alma rusa, bien en el mundo bizantino, bien en la ortodoxia rusa. Leontiev recorrió el antiguo mundo de Constantinopla en busca del camino espiritual y doctrinal que diera sentido a su interpretación del eslavismo ruso (Cfr. S. F. Riquelme; “Rusia y Oriente en Konstantin Leontiev”; 2015, pp. 110). 

Konstantin Leontiev – Foto: Alamy

En 1870 será el momento de eclosión de su doctrina eslavista. Leontiev buscó en la ética y estética bizantina la clave de esta, siempre partiendo de la poesía, de la duda, de la emoción. Solo en lo más profundo del alma, superando temporales filiaciones a grupos étnicos o zonas territoriales, se podía encontrar la esencia de la identidad rusa, de su lugar y misión en la humanidad, ante el terror a perderlas por la muerte personal (el ateísmo liberal) y ante la muerte nacional (la colonización occidental) (Cfr. Ibíd.). 

El miedo a la nada, al olvido, a la pérdida. Una doctrina nacida ante el terror a la soledad, al pecado, a la muerte. Personal y colectivamente, de su identidad y la de su pueblo ruso. Grandes naciones fueron barridas del tiempo y del espacio, grandes hombres fueron olvidados. Leontiev buscaba la seguridad de la belleza y la fuerza, de esa alma recordada en la tierra y en el cielo, salvada entre los pecados de la vida y la santidad del convento (Cfr. Ibíd.). 

Desde esta ontología, Leontiev quiso dar entidad histórica, política y filosófica a esa alma rusa, ortodoxa en lo divino y bizantina en lo estético, ante el terror de un mundo occidental, de un siglo contemporáneo que le hacía transgredir los valores heredados, igualando a todos y a todo. Los fundamentos de ese espíritu civilizatorio ruso eran (Cfr. Ibíd. 111): 

  • La civilización rusa era el complejo sistema cultural de ideas (religiosas, gubernamentales, personales, morales, filosóficas y artísticas), que se producía en toda la vida de las naciones.
  • El bizantinismo nacía como reivindicación de una civilización oriental que unía a distintos pueblos en función de esas ideas religiosas, estatales, morales, filosóficas y artísticas, a partir de la llegada al poder en el Imperio Romano de Constantino.
  • La Edad Media fue configurando una cultura oriental diferenciada de la occidental, en especial tras el Impacto del Renacimiento y la Reforma.
  • Tras la desaparición del viejo Imperio Romano de Oriente, la cultura bizantina se fue asimilando a la eslava, en especial gracias a la labor de la Iglesia Ortodoxa rusa, que alejada de las costas mediterráneas se encontró con el pueblo sencillo, fresco, que no había visto casi nada, ingenuo, directo en sus creencias. 

Pero la lucha espiritual de Leontiev no era simplemente contra las ideas liberales occidentales. Era, especialmente, contra las pasiones, los sentimientos, los hábitos, la ira, la grosería, la malicia, la envidia, la gula, la embriaguez, la depravación, la pereza, etc., que lo occidental instruía en el alma eslava, en su propia alma, presa de un orgullo y una soberbia que le impedía comprender realmente la fe de sus padres. Una lucha entre lo occidental y lo ruso, entre el mundo y sí mismo, entre el alma mundana y el alma rusa. 

De estas contradicciones, de esta búsqueda surgió su doctrina del alma rusa. Doctrina que vinculaba el desarrollo social y cultural de Rusia hacia el Oriente bizantino; espacio histórico que reunía los mismos valores tradicionales que los propios de la Ortodoxia rusa, frente al liberalismo social e igualitario occidental.

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El ideal de Leontiev fue el bizantino, no el eslavo. Si bien parte del eslavismo, a su juicio, este no tenía contenido específico, más allá de similitudes culturales; los pueblos eslavos vivían apartados, incluso enemistados, y muchos de ellos, como los eslavos del Imperio austro-húngaro se caracterizaban por los valores europeístas. La unión de los eslavos a la que aspiraba el paneslavismo y la eslavofilia era, por ello, un peligro para el país, ya que introduciría aún más los principios democrático-liberales e igualitarios predominantes en la mayoría de esas regiones eslavas, que descompondrían las verdades conservadoras y bizantinas fundadoras de la nación rusa. La raza (eslava) era un vector sin futuro; la esperanza pasaba por el espíritu (ortodoxo) inserto en la tradición bizantina (Cfr. Ibíd. 112)

Por ello, frente al enfermo mundo occidental, infectado del consumismo ateo y el relativismo moral, Rusia aparecía como la cuna de una civilización cristiana original, marcada por esa tradición bizantina.

¿Vladímir Putin, está intentando, acaso, sanar al mundo del liberalismo occidental y transmitir la moral y belleza del alma rusa? ¿Lo quiere hacer a través del sufrimiento de la guerra y la deshumanización que genera la violencia? Las preguntas quedan planteadas.

Por Bruno Ponferrada – Prof. de Filosofía – 06/02/22

Fuentes: 

M. L. Pastor Gómez; “Vladímir Putin y la nueva identidad distintiva rusa” en Cuadernos de estrategia,  Nº. 200, 2019 (Ejemplar dedicado a: Globalización e identidades. Dilemas del siglo XXI), págs. 63-86.

S. F. Riquelme; “Rusia y Oriente en Konstantin Leontiev” en La Razón Histórica, nº30, 2015, pp. 105-115. 

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