Observador Urbano

Alegoría pascual: renacer de las cenizas

Hace dos semanas aproximadamente, la milenaria Catedral de Nuestra Señora de París, ardía en llamas ante la atónita mirada de millones en todo el mundo, creyentes o no.

Aún no se sabe qué originó el fuego, aunque las autoridades parisinas se adelantaron rápidamente -cuando aún el incendio seguía expandiéndose- a calificarlo de accidente, excluyendo a priori toda posibilidad de una acción deliberada. Esto, sumado a una serie de atentados que venían asolando varios templos en Francia, incluyendo el incendio de la histórica Iglesia de San Sulpicio y al sentimiento anticristiano extendido en toda Europa, han dado un amplio margen de incredulidad y sospecha a tan urgentes afirmaciones.

No entraremos a considerar las distintas expresiones de satisfacción que por medios y redes circularon, porque sólo son muestras de miserabilidad de parte de una pseudo progresía ensoberbecida.

Cuando aún no se habían apagado los fuegos, ya se hablaba de su reconstrucción, dando comienzo un largo debate sobre cómo podrá realizarse.

Notre Dame es, sin dudas, un monumento a la fe, un emblema religioso, histórico, cultural, artístico y político, un nodo a partir del cual se fue gestando Europa y Occidente a  través de casi diez siglos. Esto determinó que a partir de su incendio se tejieran las más variadas alegorías, asimilando su destrucción o la caída de su majestuosa aguja envuelta en llamas a un derrumbe equivalente de Europa, no ya sólo en lo que a su fe se refiere -algo innegable a estas alturas- sino a todo lo que Europa representa como paradigma de la civilización occidental, desde hace tiempo en entredicho.

Las alegorías, las metáforas y las parábolas permiten que a partir de una narración, un hecho o una imagen, podamos asignarle un sentido simbólico o establecer analogías y comparaciones con otras tantas situaciones. Todo ello, con la finalidad de transmitir un mensaje, un concepto, una enseñanza. El propio Jesús se valió de estos recursos para hacerse entender y llegar al corazón de pastores, obreros y agricultores a partir de imágenes sencillas que les eran conocidas y parte de su realidad cotidiana.

Tal vez, la enorme proliferación en tan pocos días de este recurso simbólico relacionando una catedral colapsada por el fuego con una Europa derrumbándose junto con sus fundamentos cristianos y con una Iglesia lacerada por los escándalos, ha hecho que se nos figure casi solamente como un lugar común, al que acudieron periodistas, comentaristas y opinólogos de toda especie.

Pero eso no quita que, así como el incendio ha sido un hecho real y constatable, el colapso europeo y de la cultura occidental también lo sea. Tal vez, en ambos casos, de manera irreversible. Ahí, la alegoría no ha perdido en un ápice su validez.

Y cuando hablamos de la crisis de la cultura occidental, hablamos de la crisis de nuestra propia cultura, tributaria de aquella. Como así también ocurre al hablar de la crisis de fe que atraviesa la sociedad o la que soporta la propia Iglesia, que es la nuestra.

Desde hace décadas, la Santa Sede viene advirtiendo sobre el extremo proceso de secularización en Occidente. San Juan Pablo II, al considerar los fundamentos de la Constitución Europea, planteaba la necesidad que incluyera una referencia al “patrimonio religioso, especialmente cristiano” que forjara el continente. Reclamaba no olvidar “la memoria histórica de la obra realizada por la Iglesia en el proyecto cultural de Europa”, afirmando que “el humanismo es impensable sin el cristianismo, ni la obra secular de evangelización realizada por la Iglesia en su encuentro con las múltiples realidades étnicas y culturales del continente”. “Esta memoria histórica es indispensable para fundar el proyecto cultural de la Europa de hoy y de mañana, insistía. Esa memoria histórica cobraba cuerpo en Notre Dame.

Si la secularización y el alejamiento de Dios para abrazar distintos materialismos constituyeron el mal du siècle de fines del Siglo XX y principios del XXI, preludiando está crisis de Occidente, este mismo proceso también atravesó la Iglesia, como bien lo acaba de plantear el Papa emérito Benedicto XVI en sus recientes reflexiones para “ayudar en esta hora difícil”.

Notre Dame, por un lado y la realidad de una civilización herida en sus fundamentos cristianos, nos enfrenta a la disyuntiva de asistir impávidos a la caída, o pugnar por la reconstrucción.

Pascua nos refiere esa idea de renovación, del hombre nuevo redimido en Cristo, nos habla de Cristo, luz de este mundo, simbolizado en el cirio pascual. Nos habla de la paradoja de una muerte ignominiosa que da lugar al triunfo de la vida. Nos habla de un sepulcro vacío abandonado por el Resucitado. Y de un Templo -la propia Iglesia- que el Salvador reconstruye en los tres días de su pasión, muerte y resurrección. Si de alegorías se trata, y frente a la frase tan remanida en estos días de que “la única Iglesia que ilumina es la que arde» (tantas veces pintada en las paredes de nuestros templos), en esta Pascua estamos llamados a “renacer de las cenizas». Un renacimiento que, inscripto en el propio misterio de la Salvación, comienza en el corazón de los hombres y se extiende -como una llama- a todos los órdenes de nuestra vida, impregnando a la sociedad del sentido trascendente con el que la fe nos ilumina. Que ardan nuestros corazones, renovados y demos principio a la reconstrucción.

Por Gustavo Caviglia