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Opinión

¨Pensar más allá de la Pandemia”, por Bilán Bizberg

Publicada en el diario El País, de España, el catedrático mexicano ofrece una reflexión pensando el futuro, en al menos dos sentidos. Por un lado, asumir que vamos a salir de esta situación, pero que al mismo tiempo, tenemos que cuestionarnos sobre cómo lo vamos a hacer. Y por otro, cuán válido es, proponer ciertos modelos políticos, China, por ejemplo, como paradigmas a desarrollar por otro países. Esto último, justificado por su “éxito” en el combate contra la pandemia.

Se abren preguntas sobre nuestra democracia, sobre sus fallas, pero también sobre sus virtudes. De todas formas, lo improcedente, son los juicios taxativos y concluyentes. Pero debemos ir pensando, es esa la propuesta.

“La crisis sanitaria por la que está pasando actualmente la humanidad no debe impedirnos pensar cómo vamos y cómo queremos salir de ella. Es indudable que, a pesar de los muy graves costos que la pandemia va a exigir de todos nosotros, la humanidad sobrevivirá. Pero, ¿cómo? ¿Qué estamos listos a pagar y sacrificar para lograr salir de ella? E igualmente importante, ¿cómo reaccionar frente a la crisis ambiental que conlleva retos aún más serios para la supervivencia de la humanidad?

Desde antes del estallido de la actual pandemia se estaban presentando a la sociedad global dos modelos contrastantes. Por un lado el autoritario, ejemplificado por China (aunque no solo por ella), que estaba desarrollando de manera acelerada su economía, sacando de la pobreza a 600 millones de sus habitantes, ampliando de manera espectacular su infraestructura y logrando que la nueva clase media emergente tuviera acceso a las comodidades del mundo desarrollado. Todo esto en apenas 30 años. Incluso se veía que, ante la contaminación que generaba el crecimiento, el Gobierno se encaminaba hacia la transición ecológica más rápidamente que el resto del mundo, como lo atestigua el hecho que este país se ha convertido en el productor mundial de paneles solares. Los dirigentes de este modelo alegan que la democracia y las libertades individuales pondrían en peligro la capacidad estatal de continuar con este impresionante proceso. Y la mayoría de la población acepta esta premisa: la democracia y las libertades individuales pueden esperar, lo más importante era que un país que, hasta hace poco tiempo era pobre, se estaba enriqueciendo a una velocidad sorprendente. Los valores que están en la base de las sociedades democráticas se podían retrasar a cambio del desarrollo económico. Unos que no estuvieron de acuerdo fueron los jóvenes de Tiananmén en los años 80, y los de la región administrativa especial de Hong Kong en la actualidad. Estos últimos al ver cómo las libertades de las que gozaron mientras fueron colonia inglesa y que aún tienen mientras esté vigente el modelo “un país, dos sistemas”, están siendo gradualmente erosionadas por el Gobierno comunista central.

Frente a este modelo, se ponía como contraste a los países democráticos, en especial a Europa, donde coincide un sistema político abierto y plural, un extenso Estado de bienestar y amplias libertades individuales. En estos países, el tiempo político parece ser demasiado lento, al grado de estar a la zaga de las necesidades imperiosas: su capacidad de reacción ante las crisis económicas y las demandas sociales, así como los desafíos de la emergencia ecológica, son tardías. Incluso la misma democracia que las caracteriza parece estar en crisis con el auge de los populismos de derecha. Hay que recordar que la lentitud es consustancial a la democracia, régimen basado en el diálogo, el debate, y los acuerdos. Por otra parte, en los países democráticos, la población valora su libertad individual y, por ello, es muy celosa de preservar su capacidad de crítica ante cualquier ordenamiento estatal.

Pues bien, la actual crisis sanitaria está dando argumentos a los que defienden la primacía del primer modelo –como en el artículo de Byung-Chul Han publicado hace unos días en EL PAÍS– al tiempo que el modelo democrático implementa restricciones que hubieran sido inimaginables anteriormente. En pocas palabras, Han plantea que lo que los países democráticos y sus poblaciones consideran como una intromisión a su privacidad es lo que ha permitido a los países asiáticos salir de la crisis sanitaria con menos costos humanos, sociales y económicos. Países como China lo han logrado con los mecanismos de control de la población tales como la capacidad de presión del Estado sobre los individuos, el reconocimiento facial, el acceso a los celulares y a otros medios de comunicación privada, que han sido tan criticados por los defensores de la democracia. Esto ha permitido hacer pruebas a millones de personas, medir la temperatura de los individuos, y obligarlos a aislarse si tienen síntomas, vigilando su más mínimo desplazamiento y el de sus familiares. En suma, los mecanismos de control autoritario sobre la población han sido sumamente eficaces en este momento de crisis para frenar la expansión del virus. Aunque hay que recordar algo que no dicen los promotores de este modelo: que este mismo régimen escondió por más de un mes la existencia de esta nueva enfermedad.

En balance, según el mismo artículo, los sistemas democráticos son menos eficaces y, por ello, están destinados a pasar a la historia frente a sistemas que no solo ejercen un control autoritario sobre la política, sino sobre la misma población, sobre cada uno de sus ciudadanos. De hecho, los países democráticos están implementando medidas que hace unos meses eran impensables. Decretos que no pasan por el congreso y que obligan a los ciudadanos a quedarse en sus casas, que les exigen un salvoconducto para ir a la farmacia, a la tienda de la esquina, a salir a hacer ejercicio, o si se alejan más de 100 metros de su lugar de residencia. Y no solo eso. En algunos casos, la policía – o incluso el Ejército– puede considerar la estancia en la calle injustificable e imponer multas o, incluso en algunos países, penas de cárcel.

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Si bien es cierto que, en este momento, parece que la situación obliga a aceptar estas medidas y a considerar que los países autoritarios están mejor dotados para luchar contra la pandemia, es importante ver más allá. Los países autoritarios fácilmente utilizarán estos mecanismos impuestos en un momento de crisis para fortalecer y perpetuar su control; pero, ¿qué ha pasado con el auge de manifestaciones que habíamos visto a fines del año pasado en todo el mundo, entre ellas la de los jóvenes de Hong Kong? Por su parte, los países democráticos pueden no desarmar todos los mecanismos autoritarios que se implementan de manera temporal con la excusa de que sirven para cualquier otra crisis, como de hecho se hizo contra la lucha con el terrorismo.

Aquí vienen al caso los escritos de Michel Foucault, así como los de Giorgio Agamben, quienes han llamado la atención sobre la tendencia de los Estados contemporáneos de administrar la población. Foucault analizó cómo las formas modernas de control ya no son ejercidas por un mando centralizado (por un rey o el mismo Estado, como pensaba Maquiavelo), sino que el poder se ha difuminado. A partir de la invención de la policía, de la economía capitalista, de la administración estatal y de la estadística, se administra la población por mecanismos dirigidos a cada uno de nosotros, definiendo lo que es normal y anormal, regulando lo que se permite hacer y cuáles son nuestras obligaciones. Los Estados modernos tienen mecanismos cada vez más sofisticados para lograr esto. Agamben, por su parte, considera que el miedo se ha convertido en otra manera de control de la población, que se fortaleció con la guerra en contra del terrorismo y que amenaza de salir reforzada con la guerra en contra de la(s) pandemia(s).

Por otra parte, este autor ha llamado la atención acerca del hecho de que nuestra existencia no se puede resumir a la “vida desnuda”, como este llama a la supervivencia. Que la vida de los seres humanos, a diferencia de lo que hacen lo virus que colonizan nuestras células, no es simplemente sobrevivir, sino vivir con un objetivo que cada individuo define, que nuestras vidas no se pueden resumir a sobrevivir el presente, sino a proyectarnos hacia el futuro, mediante nuestras aspiraciones, deseos, y sueños. Salir triunfante de la guerra actual por la sobrevivencia abandonando todo al poder del Estado sería no solo una derrota de la democracia, la libertad y de la esencia de la vida misma. También nos pondría en grave desventaja frente a la lucha que viene, la verdadera amenaza de la humanidad en su totalidad: la crisis ecológica”.

Ilán Bizberg es investigador del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México.

Fuente: www.elpais.com

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Opinión

Nuestras sinuosas relaciones con Rusia

En la asamblea legislativa del pasado 1 de marzo el presidente Alberto Fernández condenó la invasión rusa a Ucrania; exactamente 25 días antes había manifestado su deseo de que Argentina sea la puerta de entrada de Rusia a América Latina. Estas contradicciones, ya habituales en la política exterior del actual gobierno, no son sino el colofón de una historia sinuosa en las relaciones bilaterales de ambos países.

Las relaciones bilaterales recién se establecieron en 1885, durante la primera presidencia de Julio A. Roca. Al poco tiempo, con motivo de la guerra ruso-japonesa en 1904, Argentina fue uno de los pocos países que asistió a Japón, concretamente a través de la venta de dos acorazados. El triunfo japonés -el primero de un país oriental sobre una potencia occidental en la era moderna- supuso un duro golpe para el gobierno del zar y le dio voz al Japón en los asuntos internacionales de la época. Como muestra de agradecimiento, el gobierno nipón erigió en Tokio una plaza con el nombre de República Argentina

Tras la revolución bolchevique, el presidente Hipólito Yrigoyen decidió cortar las relaciones diplomáticas con Rusia, las que no se reestablecerían sino hasta 1946, durante el gobierno de Perón, ya bajo el nombre de Unión Soviética (URSS). El año previo, no obstante, el país y la URSS estuvieron envueltos en una disputa diplomática de relevancia en torno a las Naciones Unidas, pues el régimen soviético no quería que Argentina fuera admitida como miembro fundador de la Organización, al haber sido neutral durante prácticamente toda la guerra. La presión de los países latinoamericanos, que en ese momento eran proporcionalmente un bloque numeroso, y el decidido apoyo de Estados Unidos, que entendía que, si bien Perón era nacionalista y contrario a sus intereses en el sur del continente, en un eventual tercer conflicto a escala mundial estará en contra de la URSS, forzaron el ingreso del país. Como contrapartida, Estados Unidos tuvo que aceptar que la Unión Soviética tenga tres votos en la Asamblea General: El de Rusia (a nombre de la URSS), el de Ucrania y el de Bielorrusia.

Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial si algo no se cuestionaba, eso era el anticomunismo de Perón. Sin embargo, el pragmatismo del líder argentino y en nombre de la tercera posición, hizo que a medida que avanzaba la guerra fría tendiera puentes con el Kremlin. No solo se restablecieron relaciones diplomáticas nombrando a un embajador, el primero hasta 1952 fue Federico Cantoni, sino que también creó un programa de delegados obreros como parte de la misión diplomática. En el caso de la Unión Soviética se nombró como agregado obrero de la Embajada argentina a Pedro Conde Magdaleno, un socialista devenido en peronista, para aceitar más las relaciones con el régimen.

Con Perón alejado del poder, en especial con los sucesivos gobiernos militares, las relaciones bilaterales volvieron a tensarse. Tras la crisis de los misiles cubanos en 1962, el presidente Guido, condicionado por las Fuerzas Armadas que depusieron a Frondizi, fue uno de los primeros líderes en plegarse al bloque estadounidense. Así, Argentina por primera vez envió dos buques de guerra al Caribe en expresión de su solidaridad con EEUU. Diez años después, el candidato argentino a la Secretaría General de Naciones Unidas, Carlos Ortiz de Rosas, presentado por Francia, y apoyado casi unánimemente, no pudo ser electo por el veto soviético, argumentando que no representaba al “tercer mundo”. El problema real fue que Argentina era miembro del TIAR (alianza militar con la participación de EEUU) y consideraban al argentino demasiado pro estadounidense.

El último gobierno de facto tuvo manchas y contramarchas en sus relaciones con la URSS. Por su carácter decididamente anticomunista apoyó militarmente a EEUU en las intervenciones en Centroamérica y simbólicamente participó del boicot en contra de los Juegos Olímpicos de Moscú. Por otra parte, el reclamo del presidente Carter por el respeto a los derechos humanos extendió puentes con Moscú e incrementó los lazos comerciales que ya se habían tendido previamente, convirtiéndose la URSS en una de los principales compradores de cereales argentinos. Durante el conflicto de Malvinas la Unión Soviética se abstuvo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; sin embargo, hay versiones sobre la ayuda en materia de inteligencia con el gobierno argentino e inclusive ayuda militar a través de terceros Estados.

El primer presidente argentino que realizó una visita oficial a la URSS fue Raúl Alfonsín, quien intentó relanzar los vínculos comerciales y obtener un apoyo explícito en la cuestión Malvinas. Sobre el primer punto hubo algunos avances, sobre el segundo ninguno.

La visita de Carlos Menem se hizo ya en tiempos de la Unión Soviética de Gorbachov, de la perestroika y glasnot, es decir, de una apertura hacia el mundo y la democracia occidental. Aun así, el alineamiento automático del gobierno a Estados Unidos impidió afianzar demasiado las relaciones bilaterales.

El acercamiento

Fue durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández cuando hubo un mayor acercamiento en materia política, ya sea por afinidad ideológica o por querer demostrar el manejo de una política exterior autónoma. En el último conflicto con Crimea, la cancillería argentina no cambió su tradicional postura en favor del respeto por la integridad territorial, pero la presidenta remarcó el doble estándar de las potencias occidentales al respecto. Durante la presidencia de Alberto Fernández, Argentina fue el primer país occidental en comprar la vacuna rusa, aun cuando esta no había pasado por la validación externa que requiere, por protocolo, cualquier descubrimiento científico. 

La defensa de los derechos humanos, que forma parte central en el discurso del actual gobierno y del de Néstor y Cristina Kirchner no se ha detenido para denunciar las persecuciones a las minorías en Rusia ni para abogar por el esclarecimiento de los asesinatos a periodistas o representantes de la oposición.

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Fidelidad sin logros

Tampoco se ha conseguido demasiado en materia de relaciones comerciales: Rusia es hoy el 16º socio comercial de la Argentina, con un comercio bilateral que en 2021 rondaba los 1.600 millones de dólares, aunque cabe aclarar que es uno de los países con los que más está creciendo el intercambio en términos porcentuales.

La diplomacia es una disciplina que requiere destreza para relacionarse con los distintos actores internacionales y evitar, manejar o aminorar los conflictos antes que abrirlos. 

Para ello tiene que tener en vistas todo el escenario internacional y no solo una parcialidad y el timing para actuar o tomar decisiones es indispensable.

Las acciones de política exterior deben ser oportunas y ciertamente la reciente visita del presidente Fernández a Rusia fue altamente inoportuna. La política exterior de un país no requiere de una visión ideológica, sino de una mirada geoestratégica que atienda a los intereses nacionales.

La cabeza de esa política exterior tiene que estar a la altura de esas exigencias y no debería ser el premio a los compromisos partidarios o la fidelidad política, como ha sucedido con no poca frecuencia en nuestro país.

Por Víctor Toledo – Lic. en Relaciones Internacionales —- 12/03/22

Fuente: www.eltribuno.com

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Opinión

¿Sigue siendo efectiva la disuasión?

La disuasión es una modalidad de la estrategia militar en virtud de la cual, tradicionalmente, consistía en advertir al enemigo a que no haga algo si no quería tener consecuencias negativas. Hasta entrado el siglo XX la que imperaba era la estrategia de la acción pues, hasta entonces, lo que motivaba más a los decisores políticos, era la esperanza del triunfo. Las guerras tenían, relativamente hablando y en términos generales, poco costo para el vencedor en comparación con las ventajas obtenidas o esperadas de ellas.

La era nuclear cambió esa percepción y la disuasión pasó a estar en el centro de la escena. El arma nuclear potenció el efecto disuasorio, en especial cuando la Ex Unión Soviética (URSS) y Estados Unidos (EE.UU.) entraron en una desmesurada carrera armamentística.  A partir de allí se analizaron distintos escenarios posibles sobre el uso de armas nucleares en un eventual conflicto bélico; todos llegaron a la misma conclusión: el arma nuclear más efectiva es aquella que no estalla nunca. EE.UU. y la URSS entendieron que la utilización de este tipo de armamento acarrearía una destrucción mutua asegurada o MAD (loco en inglés).

A partir de entonces hubo una mayor estudio y teorización sobre la disuasión, la que fue definida como un efecto que se logra cuando se convence al adversario, a través de la amenaza, a que haga algo que yo quiero, o que se abstenga de oponerse a lo que yo quiero hacer. Para que la disuasión funcione tiene que haber una amenaza; ésta tiene que ser creíble y tiene que haber una clara e inequívoca comunicación de la intención de causar un daño. Durante toda la guerra fría la disuasión nuclear funcionó. Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso soviético la hegemonía estadounidense parecía que había desdibujado la efectividad de la disuasión nuclear. Del mismo modo, la irrupción de otros actores al margen de los estados terminó por reforzar esa imagen de poco útiles. ¿De qué sirven las armas nucleares frente a un grupo terrorista? Ya Mao había dicho que eran una suerte de tigre de papel.

Ahora bien, que no sean efectivas frente a determinadas amenazas no quiere decir que hayan perdido total efectividad. Por alguna razón no la han utilizado ninguno de los poseedores de estas armas en sus conflictos internacionales, pero en cambio sí han sido instrumentos de amenaza o extorsión ¿O acaso no es lo que hace el líder norcoreano Kim Jong-un?

El conflicto en Ucrania ha vuelto a redimensionar los interrogantes en torno al papel de las armas nucleares y la disuasión. ¿Las utilizará Rusia? ¿Las empleará la OTAN? ¿Qué podría suceder en un escenario de empleo de armas nucleares en un conflicto bélico? ¿Sería la destrucción total?

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Hasta la fecha, lo que sucede en Ucrania no es sino el resultado de la disuasión nuclear. Es decir, Putin amenaza pero no se ha atrevido a utilizar estas armas, disuadido por una eventual represalia. EE.UU. impulsa sanciones económicas y ayuda militar, pero de ninguna manera está dispuesto a intervenir militarmente en combate y mucho menos a amenazar con una guerra nuclear. China ha tratado de morigerar a Putin y ha tendido puentes para la negociación entre las partes. Evidentemente, el efecto disuasorio de las armas nucleares sigue siendo efectivo.

Teóricamente este efecto tendría que aminorar en la medida en que los decisores políticos piensan más en las probabilidades de éxito que en la de las pérdidas: si aquellas son altas y éstas ínfimas, es probable que haya una mayor predisposición a utilizar las armas nucleares. Sin embargo, existe lo que se denomina el “poder igualador del átomo” por el cual, aun cuando haya diferencia en la cantidad de armas nucleares de un adversario sobre el otro, la potencia de estas armas las ha igualado cualitativamente. No es necesario tener miles de ojivas nucleares, con una sola que explote basta para borrar del mapa a media humanidad. ¿Tiene esto que dejarnos tranquilos y suponer que la disuasión funcionará con una suerte de piloto automático? Por supuesto que no. En escenarios de crisis, la eventualidad o plausibilidad de realizar el primer ataque nuclear es tentador, así como la especulación en una utilización racional o limitada de estas armas. El problema es que, una vez suelta la bestia, es difícil volver a atarla. Los líderes políticos se auto perciben como responsables y racionales, pero no son sino seres humanos, con todo lo que ello implica, entre otras cosas, con una mayor o menor cuota de irracionalidad latente.

Por Víctor Toledo – Lic. en Relaciones Internacionales — 04/02/22

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Análisis

Ucrania, la línea de fractura

Nadie puede negar que Vladimir Putin ejerce el poder de manera autoritaria. A su vez, resulta evidente que los principios de la democracia occidental no forman parte del ADN del sistema político ruso y que Rusia ha manifestado, desde sus orígenes históricos, una tentación imperial. Estos tres ejes sustanciales no son, empero, suficientes para explicar la situación actual en una región que supone una frontera endeble entre occidente y Rusia. 

¿Por qué Ucrania? 

Hay muchas razones que explican el accionar ruso: económicas, de política interna, de proyección geopolítica, etcétera, que ya han sido analizadas profusamente. Sin embargo, hay razones profundas y arraigadas que hacen de Ucrania un caso particular y sometido a una inestabilidad persistente desde el derrumbe soviético.

El imperio ruso nació en Kiev, actual capital de Ucrania, y durante mucho tiempo ha mantenido su independencia política. Sin embargo, desde 1654, cuando Bohdan Khmelnytsky juró lealtad al Zar a cambio de ayuda contra el dominio Polaco, estuvo bajo la égida de Moscú.
Internamente, es un país dividido pues la región occidental ha formado parte de Polonia, Lituania y Austria-Hungría, mientras que la región oriental ha mantenido estrechos lazos con Rusia. No se trata solamente de una cuestión de mapas y fronteras, sino de un impacto importante sobre la población. Los ucranianos occidentales hablan ucraniano y se han mantenido firmes en sus posiciones nacionalistas; en cambio la población oriental en gran parte habla ruso y no han sido tradicionalmente anti rusas. En materia religiosa la división también es marcada y en este punto es necesario resaltar el carácter descentralizado del Cristianismo Ortodoxo en donde las iglesias son nacionales, lo que implica en cierta medida y según los casos, una ligazón más férrea con los poderes políticos. En el caso de Ucrania, los orientales tienen vínculos con la Iglesia Ortodoxa Rusa, pero en la región occidental la mayoría pertenece a la denominada Iglesia Uniata, que practica el rito bizantino, pero que reconoce la autoridad del Papa.

Todos estos datos no son solo curiosidades demográficas, sino que han influido decisivamente en la dinámica de los acontecimientos desde el desmembramiento de la Unión Soviética. En las elecciones presidenciales de Ucrania lo habitual ha sido que se enfrenten líderes pro rusos y pro occidentales; el triunfo de unos u otros marca las tensiones con una u otra potencia. Las elecciones presidenciales de 1994 han sido una clara demostración, cuando el líder nacionalista Kravchuck venció en las 13 provincias de Ucrania occidental con amplia mayoría y el líder pro ruso Kuchma hizo lo propio en las 13 provincias de Ucrania Oriental. El último presidente ucraniano filo ruso fue Vìktor Yanukóvich, quien gobernó entre 2010 y 2014. Desde esa fecha, se han acelerado los conflictos internos, desde los intentos secesionistas de Donetsk y Lugansk pasando por la crisis y posterior anexión o recuperación, según el cristal con el que se mire, de Crimea por parte de Rusia.

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La coyuntura pasa, pero la historia queda. En Ucrania la historia marca la existencia de un país dividido en donde los conflictos han estado presentes o latentes de una manera casi permanente. En su célebre “Choque de Civilizaciones”, Samuel Huntington señalaba que la línea de fractura entre la civilización occidental y la ortodoxa pasaba por Ucrania y que el futuro de la región dependía de las relaciones entre estas dos naciones eslavas. El autor suponía como hipótesis más probable una Ucrania unida pero escinda y cercana a Rusia por conveniencia más que por convicción. No descartaba, aunque como una hipótesis menos probable, la división de Ucrania en dos entidades y la anexión de la oriental con Rusia. Claro, en los años 90, cuando Huntington escribió su obra, China no era una potencia mundial y Putin no estaba al frente del Kremlin

Por Lic. Victor Toledo — 27/02/22

Fuente: www.eltribuno.info

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